Mi mujer llegó a media tarde y ya estaba puesta hasta la colcha, a pesar de tener una excusa por si no estaba. No quedaba ningún rastro de Iria en la casa, pero cuando me senté en el sillón frente a la puerta del salón, me excité al recordar allí a esa chiquilla de mejillas arreboladas, ojos brillantes y cuerpo de escándalo, al menos para mí. Era martes por la noche y aún no había podido cruzar con ella más que un par de saludos fugaces, llevaba dos días mirándola en la distancia, incrementando a cada minuto las ganas de ella. Se sentó en la mesa de al lado con su prima y ambas nos saludaron. No podía dejar de escuchar su conversación mientras lanzaba miradas a sus piernas desnudas y las recordaba alrededor de mis caderas. -Mañana puedes irte tranquila prima; yo iré al centro y luego

