Miraba con la respiración aun entrecortada tras el clímax el pequeño cuerpo de Marta, sus pechitos jóvenes subían y bajaban manchados de esperma, su vientre plano y los rubios pelitos púbicos también. Atraído por la escena estiré los dedos para tocar la humedad viscosa que ella había recibido gustosa y que ahora bañaba su blanca piel y la embadurné repartiendo más mi esencia por ella. Marta era una chica divina a la que cualquier hombre sensato gustaría llevarse a la cama, como habría pensado antes incluso yo, tiempo atrás habría enloquecido y vibrado con ella. A día de hoy mi cuerpo ya no era joven como el de ella, pero era exigente después de conocer las mieles de la pasión arrolladora de mano de su prima. Había disfrutado poseyendo su cuerpo rebosante de vida, espoleado por el deseo

