Dentro de una familia, no todos los hermanos son iguales. Al margen de los méritos que cada uno llegue a hacer con los años, no es lo mismo ser el mayor, o el pequeño, que el tercero de cuatro. Eso no tiene ningún mérito, te convierte en uno más, en prescindible, incluso a mí, que era el único chico, el que lidiaba con tres locas dispuestas a hacerme la vida imposible. Ni siquiera cuando llegué al mundo pude tener mi minuto de gloria, porque las mellizas, Alejandra y Belén, cuatro años mayores que yo, se dedicaban a berrear con más fuerza que el recién nacido para acaparar toda la atención. Eso no cambió en los siguientes meses, ni nunca, no tenían otra misión que comportarse como si fueran el centro del universo. Nunca me trataron como a su hermano pequeño, era un juguete más, la mascot

