Capítulo 2

1322 Words
Rebeca No me gustaban las fiestas. Pero, por alguna razón, ahí estaba: agarrada de la mano de Sofía, mi mejor amiga, para poder pasar por entre el mogollón de gente sin perderla. —¡Date prisa, Rebe! O acabaremos muriendo aplastadas. Pensé en decirle que ojalá alguno de estos universitarios borrachos dé un traspié y acabe tirándome al suelo y que del golpe me tuviese que ir de vuelta a la residencia para no tener que pasar por esta tortura una vez más. Pero no lo hice, claro. —¡Ya voy! —dije al final, mientras ponía los ojos en blanco aprovechando que ella no podía verme. Unos minutos después, llegamos sanas y salvas a la cocina, donde a Sofía le faltó tiempo para ir a la nevera y agarrar una botella de sabe Dios qué tipo de alcohol. No se molestó siquiera en coger uno de esos vasos de plástico que estaban repartidos por toda la encimera, sino que la abrió con las llaves y empezó a beber a morro. Hice una mueca mientras veía que casi se había terminado media botella. Qué fina es. —¿Qué pasa? ¿Quieres un poco? —No deberías beber tanto, Sof. —No seas aguafiestas. Pareces mi hermano —protestó, chasqueando la lengua—. Iré a por un vaso para ti. ¡Y no te escapes, que te conozco! —añadió, señalándome con un dedo acusador. Oh, su hermano. No le veía desde antes de las vacaciones de Navidad, cuando lo encontré en la habitación de Sofía ayudándole a hacer las maletas. No me dirigió la palabra, como de costumbre. Solo clavó la mirada en mí todo el tiempo de manera sospechosa, ignorando los gritos de su hermana pequeña, que protestaba sentada en su maleta, la cual no cerraba. Es más, creo que nunca hemos llegado a entablar una conversación, y mira que lo he intentado veces todos estos años. He llegado a pensar que soy invisible para él. Pero no me importa. «No te lo crees ni tú», me recuerda mi subconsciente. Vale... A lo mejor, me importa un poquito. Sofía se acerca a mí en ese momento, con un vaso de plástico lleno de un líquido ambarino y una sonrisa maliciosa en los labios. Yo ruedo los ojos. No me gusta beber, y ella lo sabe. Negué con la cabeza cuando me lo tendió, apartándolo con la mano con cuidado de no derramar nada. —Oh, venga. Eres una aburrida. —No necesito alcohol para divertirme, Sof. —No es para divertirte. Es... ¡Es para integrarte! ¡O para solidarizarte con la pobre de tu mejor amiga que intenta olvidar al estúpido de su ex! Sofía me puso su mejor cara de pena cuando vio que yo no tenía intención de ceder. Sabía que no podía resistirme a eso, aunque lo intenté con todas mis fuerzas. —Lo de Calev no te va a servir esta vez. —No digas su nombre. Me da dolor de cabeza. Y náuseas —me pidió, colocando su mano en la frente de manera dramática. —O eso, o que estás empezando a emborracharte. Iba a decirme algo más, pero algo tras mi espalda hizo que torciera el gesto. Me giré para ver lo que miraba, y enseguida supe lo que pasaba. Calev acababa de llegar, y rodeaba con el brazo a una chica por los hombros, la cual iba riendo, seguramente por algo que él le había dicho. Le seguían de cerca dos chicos que no conocía... y Marco. Y no viene a cuento, pero estaba muy guapo. Diría que más que desde la última vez que le vi. ¿Se había hecho algo en el pelo? Parecía más largo que de costumbre. ¿O tal vez era el tatuaje que asomaba por el cuello de su camiseta y que antes no estaba ahí? Sea lo que sea, no puedo seguir mirándole, porque Sofía refunfuña a mi lado, sacándome del trance en el que no sabía que me había metido. —¿Le has visto? Le ha faltado tiempo para buscarse a otra. —No creo que... —¡Y encima es bajita! Me decía que no le gustaban bajitas, ¿sabes? —Sofía... —¡Estoy tan cabreada! —Creo que deberías dejar de mirarle. Cuando me miró con esos ojos saltones que tenía, ahora repletos de una mezcla de furia y tristeza, sabía que lo que venía a continuación no iba a gustarme. —Tienes razón. Debería ir hacía allí y... —¿Qué...? ¡No! —la interrumpí. Pero daba igual lo que yo dijera, porque tardó una milésima de segundo en agarrar mi mano con la suya y llevarnos hacia donde estaban ellos, sentados en unos sofás. Tardamos relativamente poco en llegar. Cuando Sofía se enfadaba, se llenaba de energía. En todos los sentidos posibles. —¡Tú, c*****o insensible! —gritó, captando la atención de los cinco. Quería desaparecer. —Pero, ¿qué cojones...? Y, entonces, se pusieron a gritarse entre ellos. Bueno, ella gritaba. Calev solo parecía asustado y tal vez un poco molesto porque su ex estuviera espantando a su cita o lo que sea que fuese esa chica. No me importaba. Para mí lo más importante en ese momento era la persona que sabía que tenía la vista clavada en mí. Lo supe incluso sin girarme para cerciorarme de ello. Por algún motivo, lo podía sentir. Siempre me pasaba cuando él andaba alrededor. —¡... seguro que no te lo pasas ni la mitad de bien en la cama como conmigo! ¿Te acuerdas de cómo...? Oh, no. Abrí los ojos como platos. Esto no, por favor. —¡Ya basta, Sofía! —le pedí, tapándole la boca con la mano para que parase de soltar barbaridades. —Sí. No me apetece escuchar lo que mi hermana sabe hacer en la cama —dijo Marco. Fue entonces cuando decidí mirarle por fin. Espera, ¿él y yo estando de acuerdo en algo? Eso era nuevo. —Pero, ¿esta loca quién es? —¿Perdón? —contestó la aludida. —¿Estuviste saliendo con ella? No me gustó el tono que usó. No me gustó nada. —Carol..., no la líes más —le pidió Calev. —Oh, no me digas que vas a defenderla. Después de eso, dejé de escuchar. Solo vi que Calev discutía con la tal Carol, que Carol discutía a su vez con Sofía, y que esta última pareció aliarse con Calev para ir contra Carol. No entendí muy bien la razón de eso último ni cómo llegó a ocurrir. Los otros dos chicos que no conocía miraban a la ex pareja entre risas, cotilleando entre ellos. Y Marco acababa de colocarse a mi lado. —¿Qué le has dado a mi hermana? «¿Me estaba hablando a mí?». —¿Yo...? ¿Qué le ha dado Calev para que siga tan colada por él después de todo? Marco sacudió la cabeza, divertido. Creo que hasta se rió un poco. Nunca había escuchado su risa. Era... agradable. Hacía que me cosquilleara el estómago. —Calev tiene ese don. —¿Igual que tú? —pregunté, aunque me arrepentí al instante. Mierda, ¿por qué había preguntado eso? A ver si se iba a pensar lo que no era. Pero, para mi sorpresa, no se burló de mí ni nada por el estilo. Aunque me estaba mirando, seguramente, con el ceño fruncido. No lo sé. Yo no quería mirarle a él. —No lo sé. Pero podemos descubrirlo de camino a tu residencia —dijo al final. ¿Había oído bien? —¿Qué...? —Vamos. Quiero irme de aquí antes de que me acabe salpicando a mí también la bronca. Y, sin más, se metió entre la gente conmigo detrás, pisándole los talones. Porque sí, claro que le seguí. ¿Cómo no iba a hacerlo?
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