Narra Marnie:
Sophie me empuja hacia él y huye de la situación, intento parecer normal pero no lo logro... Dije que improvisaría pero justo ahora es imposible.
¿Cómo voy a actual normal si lo que voy a pedirle es rarísimo?
—¿Se te ofrece algo? —me pregunta con el ceño fruncido, rió como babosa y sobo mi codo incómoda y nerviosa.
—No... Ehhmmm... Bueno sí —balbuceo como idiota—. Tú no me conoces, yo tampoco, ya que técnicamente saber tu nombre no es conocerte y entonces eso signific..—antes de seguir diciendo estupideces me interrumpe.
—¿Por qué tu sabes mi nombre y yo no sé el tuyo? —me pregunta con una expresión extraña, hasta parece que sabe que estoy nerviosa y quiere aprovecharse de eso.
—Porque... Porque... Todos te conocen, ya sabes —digo intentando lucir tranquila pero fallo en el intento, arquea la ceja y me mira confundido.
—Pensé que sabías que saber mi nombre no era conocerme —dice con la voz ronca y profunda.
¿Por qué habla así? Es intimidante.
—Bueno Stephen... Te cuento, yo... Necesito tu ayuda —murmuro bastante insegura de lo que estoy haciendo, arquea la ceja y creo que no podría estar más confundido.
—Te das cuenta que ni siquiera sé tu nombre y nunca te he visto en mi vida y te estás acercando a pedirme ayuda, ¿Sabes lo raro qué es eso? —pregunta mirándome, intimidándome más que todo—. ¿Sabes que nadie en esta maldita escuela me habla, verdad? Mucho menos se me acerca a pedirme ayuda.
—¡Estoy desesperada! ¡No quiero morir virgen! —exclamo sin pensar en lo que acabo de decir, enseguida me retracto pero me doy cuenta que ya es tarde.
Stephen me mira confundido, pero luego una sonrisa se refleja en sus labios.
—Te vistes raro y dices cosas aún más raras —dice con un tono divertido, bajándole un poco a su voz de intimidador sensual de televisión.
—Ya sé que me visto como abuelita de convento, no me lo recuerdes por favor —digo aunque tampoco pensé decirlo en voz alta.
Que idiota soy.
—¿Cuál es tu nombre? —me pregunta mientras me mira, intimidante de nuevo.
—Marnie Soux —digo casi en un susurro.
—Acabas de gritarme que no quieres morir virgen, ¿Y me susurras tu nombre? —pregunta arqueando la ceja, me encojo de hombros, que te puedo decir—. Bueno, Marnie Soux —dice mi nombre como si disfrutara cada palabra—. ¿En qué puedo ayudarte?
Un nudo se hace en mi garganta, no sé si pueda decirlo.
Bueno... Dilo y ya.
Sin pensar.
—Tú eres hombre... Y los hombres saben de hombres, si no es mucha molesta Stephen Queen me gustaría que me enseñarás todo lo que sabes —pido intentando sonar segura, me mira neutro para luego fruncir el ceño.
Estoy preparada para que me llame loca.
—¿Cómo es que tú sabes mi nombre completo y yo ni siquiera conocía tu existencia? —pregunta mirándome raro.
—¿Es en serio? —pregunto arqueando la ceja, debe de estar jugando—. ¿Acaso no escuchaste lo que te pedí? ¿Cómo es que sólo te preocupas por tu nombre?
—Es raro. Y sí, te escuché pidiéndome que te enseñará cosas sexuales y todo eso, ¿Te permiten eso en el convento? No quiero ir al infierno por corromper a una monja.
Es un idiota.
Vestirse poco atrevido no me hace una monja. Pero estamos en el siglo veintiuno.
—Yo no te pedí que me enseñarás cosas sexuales, te dije que me enseñarás todo lo que sabes —digo rectificando lo que dijo.
—¿Y? Yo no sé de matemáticas, ni de literatura ni mucho menos de historia, me estás diciendo que te enseñe de hombres si no me equivoco, y no creo que quieras que te enseñe como peinarles el cabello o que regalos obsequiarles en navidad —dice y suspiro—. ¿Quieres te enseñe como actuar con un hombre, no? Que le gusta, que no le gusta, como hacerle sexo oral...
—Exacto —digo un poco insegura de lo último que dijo.
—¿Y por qué te ayudaría? ¿Qué obtengo yo a cambio? Es obvio que sexo no será porque más bien me pides ayuda sobre el tema, aunque pensándolo bien nunca he tenido sexo con una monja.
Ruedo los ojos ignorando lo último que dijo.
—¿Qué quieres a cambio? —pregunto con la voz un poco temblorosa.
Me alegra que esté claro que sexo no va ser.
—Pensaré tu propuesta y luego de diré que quiero a cambio. Todos los días no se me acercan niñas a pedirme consejos sobre sexo, debo pensarlo —asiento un poco más tranquila pero no del todo, el que vaya a pensar que quiere a cambio me inquieta—. Si me disculpas, debo ir a clases.
Recordando que yo también debo ir a clases, me despido con la mano y corro hacia mi aula.
Entro al salón y veo a Sophie guardándome un asiento, me dirijo hacia ella y me siento a su lado.
—¿Cómo te fue? —pregunta ansiosa, la fulmino con la mirada.
—Bien, gracias por tu apoyo, mejor amiga —digo haciendo énfasis en la última frase.
—Lo siento mucho, Marnie. Entre en pánico —dice mirándome con una expresión de arrepentimiento.
—¡Yo también entre en pánico! ¡Me dejaste balbuceando! —exclamo enojada.
—Lo siento en verdad, pero es que...
—¿Es que qué?
—Si te veía como demente también me vería a mí como una demente, y yo no quiero que un chico así de lindo me vea como una demente —bufo y dejo de prestarle atención.
No es la gran cosa, o quizás sí, se supone que ella debería apoyarme en todo, no sólo en lo que le conviene. Sé que Sophie es una buena amiga pero a veces cuando se trata de chicos se comporta como perra.
El profesor de idiomas entra al aula y empieza la tediosa clase.
Luego de idiomas salimos a la cafetería a la hora del almuerzo, intento buscar a Stephen con la mirada para preguntarle si ya pensó la propuesta, pero desafortunadamente no lo encuentro por ningún lado.
Sé que lo que voy a hacer se ve extraño y un tanto desesperado, pero realmente no quiero terminar la preparatoria y que ningún chico se fije en mí, y mucho menos que el que me vuelve loca no me note ni por un segundo. Quiero saber de chicos, quiero dejar de ser torpe cuando de ellos se trata, no pretendo vestirme como una zorra para llamar su atención, pero tampoco quiero pasar siempre desapercibida ante sus miradas.
No quiero terminar realmente en un convento y no tener sexo ni casarme jamás.
Eso hasta para mí suena tenebroso.
—¿Sigues enojada? —me pregunta Sophie, ni siquiera había notado que estaba sentada junto a mí.
—Un poco —respondo, me mira por unos largos segundos para por fin hablar.
—¿Qué puedo hacer para que dejes de estar enojada conmigo?
—¿Apoyarme cuando te necesito? —ofrezco alzando las cejas, suspira y asiente.
—Sé que soy una pésima amiga, pero por favor perdóname ¡Eres mi mejor amiga! —exclama desesperada.
—Si realmente soy tu mejor amiga, ¿Por qué me dejaste sola cuando te necesite? Sabes que soy súper torpe a lo que los chicos se refiere y tú me lanzaste a la boca del lobo y te fuiste, yo jamás haría eso.
—¡Entre en pánico ¿Sí?! Ya sabes como me comporto a veces en base a los hombres, en ocasiones entro en más pánico que tú, el hecho de que si salga a fiestas y que ya haya experimentado algunos placeres de la vida no quita el hecho de que a veces soy un poco tímida. Pero te prometo que me voy a corregir y que no volverá a pasar.
—Esta bien —digo y suspiro, me abraza fuerte casi sin dejarme respirar—. Sophie...
—Lo siento —dice y me suelta en cuanto se da cuenta que casi me mata.
¿Amor de amigas?
(...)
Suena el timbre indicando el final del día y salgo junto a Sophie, no he visto a Stephen y eso me desespera, necesito su respuesta hoy, pero si se pone a jugar a las escondidas conmigo no me la dará nunca.
—¿Dónde diablos esta? —digo entre dientes buscándolo con la mirada, Sophie me mira y frunce el ceño.
—¿No te dio respuesta? —pregunta sabiendo a que me refiero, niego con la cabeza—. ¿Te dijo que te la daría al finalizar la escuela? —vuelvo a negar con la cabeza—. Tal vez esté ocupado con alguna chica, recuerda que es un mujeriego, solitario pero mujeriego. Y no lo culpo, tiene un cuerpo... Hasta yo me lanzaría sobre él.
—No me importa que cuerpo tiene y si es mujeriego o no, necesito que aparezca y me diga si va a ayudarme de una buena vez —digo empezando a estresarme.
—¿Me buscabas? —pregunta una voz familiar, profunda y un tanto sexy detrás de mí.
Al ver que Sophie se queda mirando perpleja sé inmediatamente que es él.
—Sí, te estaba buscando. ¿Ya pensaste si me ayudarás? —pregunto intentando ignorar que Sophie casi babea.
—Sí —responde cortante.
—¿Sí qué? —pregunto con la ceja arqueada.
—Te voy a ayudar, pequeña monja.
A pesar de que sus palabras son de idiota, no puedo evitar sentirme emocionada, me abalanzo sobre él y lo abrazo, lo siento tensarse incómodo y de inmediato lo suelto.
—Lo siento... Fue la emoción —digo avergonzada con mis mejillas rosadas.
Se queda en un silencio incómodo unos segundos y luego habla.
—¿Lista para tu primera lección?