CAPÍTULO 3.
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Cuando por fin llegué a Newport, fui la primera en bajar del avión a toda velocidad. Al instante me
sentí completamente húmeda, las axilas me traspiraban y mi frente estaba completamente
empapada. El día estaba nublado pero el clima era sofocante y pesado. No creí que el tiempo allí sea
de esa manera.
Miles de personas caminaban en todos los sentidos. No sabía qué dirección tomar, ya que no podría
ver a dónde estaba parada específicamente.
Mi falta de inteligencia para resolver mi situación era lo que detestaba de mi personalidad.
Alguien tocó mi hombro y me volví para ver quién era. Era Jack.
—No me hagas llamar a la policía.
Fue lo primero que dije, intentando disimular mi miedo. Aquel chico me provocaba malas vibras.
¿Acaso quería seguir probando mis labios ?, si era de ser así ... ¡estaba loco!
Y mientras que yo lo miraba aterrada, él solo me observaba con gesto divertido.
—Yo conozco Newport. Si quieres te enseño el lugar.
Con delicadeza, quiso intentar agarrar la manija de mi maleta, pero no se lo permití.
¿Cuándo le di confianza a este tipo? Maldije la hora en que le pregunté si era teñido.
—No gracias, no necesito la hospitalidad de nadie.
Ignorándolo, empecé a caminar hacia delante sin tener noción de dónde iba.
Apresuré el paso y en cuanto miré hacía atrás para saber si Jack continuaba siguiéndome, ya no
estaba. Había desaparecido y tenía terror a que apareciera bruscamente otra vez. Era peligroso
tener quince años y que un desconocido me siguiera.
En el tumulto de gente que pasaba por delante de mí, vi a un chico con camiseta tejana, unos
vaqueros azules desgastados por los años y de cabello revuelto. Pero no me llamó la atención su
vestimenta, sino, el cartel que tenía escrito en grande el apellido "Mcgregor" en color n***o.
Al instante reconocí que se trataba de Charlie.
Cuando lo vi me sentí relajada. Tenía el cabello completamente n***o al igual que su madre y los
mismos ojos color café que su padre. Casi corriendo fui directo hacia él. Me llevé una gran sorpresa
cuando me abrazó desprevenida. Mi primo nunca me había abrazado y eso me incomodó. Digamos
que yo no estaba acostumbrada a recibir afecto de otra persona.
—¡Vaya, vaya! estás hecha toda una mujer, Alia. —dijo, cuando me soltó y me ayudó agarrando una
de mis maletas.
—Tú no has cambiado en nada, Charlie. —con tan sólo mirarlo me recordaba a Jamie.
Lo extrañaba tanto a ese idiota.
—No me digas Charlie. No me gusta. Dime Fred. —dijo, decidido.
—¿Fred?
—Es mi segundo nombre. Todos aquí en Newport me llaman así. —aclaró.
—Está bien.
Ni que Newport fuera tan chico.
Caminábamos en dirección a la salida y mi estomago rugía como si jamás le hubiera dado comida.
No sólo me bastaba con comer una hamburguesa para llenar mi apetito "casi" animal.
—Char...digo, Fred, ¿podemos detenernos a comer?, tengo hambre. —coloqué mi mano en mi
estómago y puse la mejor cara de tristeza para convencerlo.
—Claro. —pasó su brazo por mis hombros y nos dirigimos a un pequeño local de comida rápida que
tenían dentro del aeropuerto.
Cuando ya habíamos pedido lo que queríamos comer, Fred me quedó mirando, pensativo.
—¿Qué tanto me miras? —le pregunté, disgustada.
No me gustaba cuando las personas se me quedaban mirando fijo.
—¿Tu cabello no era rubio? —su pregunta me hizo reír.
—Era.
—¿Por qué te lo pintaste? —bebió un poco de su Coca-Cola sin quitarme los ojos de encima.
Fred sin duda tenía una mirada penetrante y oscura, casi me hacía pensar que no era de este
mundo.
—Porque sí. Quería cambiar algo de mi apariencia. —le respondí, sin tener muchas ganas de sacar
ese tema de conversación tan banal.
—Pero sabes que hay cosas peores que dicen de las pelirrojas ¿verdad? —sonrió, y yo le pegué con
mi pierna por debajo de la mesa.
—Sí, pero eso ya no asunto mío.
—Claro que lo es Alia. Eres pelirroja. —me hizo un guiño de ojo y siguió comiendo su ensalada de
frutas.
¿Hoy es el día de guiñarle el ojo a Alia?
—No soy pelirroja natural, así que, todo lo que digan de las pelirrojas no es mi problema ya que no
lo soy. Sólo es un tipo de color bastante fuerte que le agregué a mi cabello. —metí la última
cucharada de ensalada de frutas a mi boca y la saboreé como si fuera la última comida que tragaría
en toda mi vida.
—Buen punto. —dijo con aprobación.
—¿La tía Megumi está de acuerdo con que yo haya venido? —pregunté, sin poder ocultar la
vergüenza que tenía.
Tenía mucho miedo que su respuesta fuera algo como: "Claro que no. Nunca serás bienvenida en mi
casa". Y que detrás de su cabeza se asomara un horrible rayo.
—¿Estás bromeando? No hay un segundo que no hable de ti, Alía. —apretó mi mano sobre la mesa y
relajé mis hombros cuando lo hizo.
Fue como si me hubiera sacado un peso de encima.
—Bien. —asentí.
Nos marchamos del aeropuerto y cuando salimos, un trueno me hizo sobresaltar del susto. Miré al
cielo y una tormenta se aproximaba a lo lejos. Podía ser la chica más sacada de quicio del mundo,
podía golpear a Blis hasta que ésta dejase de respirar, podía hacer entrar en pánico a cientos de
personas en un avión, pero jamás podría superar mi miedo a los truenos y a los relámpagos.
Jamás.
—Si le tienes miedo a las tormentas fuertes, puedes ir haciéndote la idea de que aquí llueve muy
seguido. —aseguró Fred, al ver mi reacción de espanto.
Tomamos un taxi hasta la estación de trenes de Newport. Fred llevó mis maletas, aunque le había
dicho que no era necesario que lo hiciera. Creo que nos llevaríamos muy bien.
Sacamos dos pasajes con destino a Harbor Way y nos subimos a bordo del tren. Me senté junto a la
ventanilla y prendí mi teléfono. En todo el día no lo había encendido. Tenía una llamada perdida de
Jaime y dos de mamá. No quería llamarla hasta que estuviera en la casa de Megumi, así que decidí
marcar el número de Jamie, pero no contestó. Estaba segura que se encontraba con esa persona
asquerosa llamada Blis.
—Mi madre me ha contado lo que le hiciste a tu compañera de clase. — dijo Fred tímidamente
como si le costara sacar ese tema de conversación.
—Sólo le di su merecido. —me conformé con decirle.
Ya no quería hablar de ese tema. Me hacía poner realmente furiosa, porque por culpa de ese
problema allí estaba, viajando en ese tren.
—¿Quieres contarme lo que te sucedió? —preguntó, con algo de precaución.
—Luego Fred, luego. —mentí.
—Un amigo tiene muchas ganas de conocerte. —dijo para cambiar de tema.
—¿Quién?
—Se llama Thomas Meflix, trabajamos juntos en una gasolinera. Desde que le he comentado que tú
vendrías a vivir a mi casa, no ha parado de preguntar por ti. Yo le he advertido que tenga cuidado
porque se trataba de mi prima, pero, eso creo que no ha sido impedimento para el canalla. —sonrió
a la vez que alzaba las cejas y las bajaba.
El apellido de su amigo me hacía recordar el servicio de películas y series Netflix.
—¿Trabajas en una gasolinera?
No quería parecer interesada en aquel chico. Si Fred quería buscarme pareja estaba perdiendo su
tiempo, así que simplemente desvié la conversación a otro lado. Luego tendría que lidiar con ese tal
"Thomas" porque había posibilidades de que lo llegara a conocer.
—Desde hace ya tres meses, si no me falla la memoria. —con su dedo golpeteo su sien.
Fred se colocó sus audífonos y yo me coloque los míos. Cada uno estaba en su mundo. Yo no paraba
de pensar en todo lo que me esperaba cuando comenzara mi nueva vida (temporalmente) en el
pequeño pueblo de Harbor Way. Lo único a que me aferraba era en la posibilidad de que encajara
allí (tenía un poquito de esperanza).
Mi estado era algo deprimente, Jamie me traía loca con el tema de Blis. Él era libre de andar con
quien quiera, pero ¿Blis? ¿Por qué ella? El cerebro de aquella mugrosa era seco y hueco.
¿Qué diablos le había visto?
El tren comenzó a andar con golpes violentos, era uno de esos trenes viejos y maltratados, no me
sorprendería si este se hiciera añicos cuando frenara en la próxima estación. La canción de “The only
exception” me acariciaba los oídos celestialmente. Me hacía desaparecer de la realidad por un buen
rato por la dulce voz de Hayley Williams.
Cuando el tren llegó a la tercera estación, nos bajamos.
—¡Oye! no tienes por qué estar nerviosa. —me dijo Fred, al notarme temblorosa y callada.
Seguía con el miedo al rechazo.
Llamamos a un taxi y nos dirigimos hasta la casa de mi tía. Mi corazón iba a salirse de mi pecho, las
manos me sudaban, no podía parar de morderme el labio inferior, llegué hasta creer que había
saboreado mi sangre de tanto morderlo.
Cerré mis ojos para tratar de tranquilizarme. Los abrí al rato y saqué de mis vaqueros mi teléfono
para marcar el número de Jamie. Él sabía cómo calmarme.
Está vez atendió.
—¿Alia?
El alivio recorrió mi cuerpo al escuchar su voz y no la de Blis.
—Jamie.
— ¿Ya has llegado a lo de la tía Megumi?
— No, estoy en camino. Me siento nerviosa. —miré a Fred y él me estaba observando con una
sonrisa reconfortante.
—Debe de ser doloroso estar a miles de kilómetros de casa. —lo dijo como si me hubiera leído la
mente.
—Es que lo hay, Jamie. ¿Mamá y papá me han nombrado mientras yo estaba de viaje? —esa
pregunta no me la había planteado en ningún momento desde que me alejé de ellos ¿Por qué yo se
la preguntaría a mi hermano?
—Más o menos. Cuando te fuiste, a las pocas horas Peter vino muy agresivo a culpar a papá y a
mamá de que, si no hubiera sido por ellos, tú estarías aquí con nosotros. Perdona por mi reacción,
pero le di una paliza de muerte, Alia, estaba seguro de que golpearía a papá y no lo se lo iba a
permitir. —me llevé una mano a la boca, horrorizada.
Era difícil de creer que mi mejor amigo había actuado así. Él no era de esa clase de persona, aue
intenta solucionar todo de manera violenta, Peter era la paz personificada. Era comprensible el dolor
que sentía él, porque solamente me tenía a mí, yo era su única familia y lo había abandonado.
Sus padres lo ignoraban siempre y lo insultaban con burlas homosexuales ¿qué clase de padres le
hacen eso a su propio hijo? Me sentía demasiado culpable por haberlo dejado solo. Todos son libres
de tener la orientación s****l que deseen.
—¿Cómo está Peter? ¿dónde se encuentra ahora?
—Ahora se encuentra en su casa. Mamá se ha ocupado de que sus padres no se enfaden con él y
comprendieran por qué él había reaccionado de esa manera. Ya sabes que nuestros padres le tienen
muchísimo cariño a Peter y jamás lo denunciarían a la policía por los disturbios que hizo, pero yo lo
golpeé porque sabía que de alguna manera u otra había que hacerlo entrar en razón.—dijo con
angustia en su voz.
Jamie tampoco era de esas personas que se metía en líos y que vivía golpeando a la gente. Esa era
yo.
—Me siento una basura por haberlo dejado tan desamparado. —me puse la mano en la garganta
para intentar deshacerme el nudo que me impedía seguir hablando.
—¿Peter es gay? —su pregunta me llevó por sorpresa.
—¡Eso no es de tu incumbencia!
—¡No me grites! —sus cuerdas vocales subieron a una octava.
—¡Entonces no vuelvas a preguntarme eso!
—¡Está bien! —gritó.
—¡Te quiero tarado!
—Cuídate Alia, regresa pronto a casa. —percibí que tenía una sonrisa en sus labios.
Cuando colgué, Fred me dio un apretón en el hombro en señal de que todo iría bien, pero no
preguntó qué había pasado. Me prometí a mí misma llamar a Peter cuando tuviera la oportunidad
de hacerlo.
Cuando el auto se detuvo frente a una casa al estilo playa supe que habíamos llegado. No recordaba
la edad que tenía cuando una vez habíamos venido aquí con mi familia únicamente para pasar
Acción de Gracias, creo que tenía unos ocho o siete años.
—Llegamos. —dijo Fred con un poco de incomodidad.
Sabía perfectamente que no se llevaba muy bien con su familia.
Bajamos del taxi cuando mi primo le pagó al conductor. Me quedé quieta un momento
contemplando la casa donde yo dormiría, comería, estudiaría para la escuela donde asistiría y el
lugar que sería mi hogar por un largo tiempo.
La casa era una de esas prefabricadas de madera blanca y por las esquinas de ella se podían ver las
enredaderas que casi consumían por completo a la misma. En la entrada tenía una escalera de ocho
escalones aproximadamente. De vista parecía bastante acogedora.
Las flores de distintos colores rodeaban todo el terreno, ahora sabía por qué mi madre le mandaba
semillas distintas empaquetadas a mi tía cuando tenía la oportunidad. Lo que más atrajo mi atención
fue ver que a unos pocos metros de allí había un bosque de pinos altos y anchos. Era como el bosque
de Alicia en el país de las Maravillas, que te invitaba a descubrir los misteriosos secretos detrás de
los árboles (yo no pensaba meterme en algún agujero para perseguir a un conejo). Soy inútil pero
tampoco para tanto.
Ahora sabia a dónde ir si tenía ganas de practicar mi don y encontrarme a solas para pensar sobre...
no lo sé. O cuando tuviera ganas de llorar, lo haría allí, donde el viento se llevará mis lágrimas sin
dejar rastros de ellas.
Las viviendas eran casi idénticas, algunas estaban algo maltratadas y no estaban bien cuidadas. La
casa de mi tía sobresalía de las demás. Había sólo cinco o siete casas a mi alrededor, el sonido de la
tranquilidad se podía casi escuchar. El canto de los pájaros se escuchaba lejano y era una melodía
para mí.
Pájaros alejándose de la futura tormenta.
—Entremos. —dijo Fred, sacándome de mis pensamientos.
Lo seguí con lentitud para poder continuar mirando los pequeños detalles que el mediano patio
tenía. El césped era tan verde que me recordaba al sofá de la dirección...no sigas por ahí, me advertí.
Subí las escaleras de la entrada y estas crujieron como si estuvieran apunto de partirse en dos.
Fred abrió la mosqueta y luego abrió la puerta, esta se encontraba abierta.
—¿Mamá? —nadie respondió e hizo una mueca al ver que su madre no estaba en casa.
Me quedé boquiabierta al ver la decoración que tenía mi nuevo "hogar". Era todo elegante y rustico.
El salón de la entrada tenía cuatro sillones negros individuales alrededor de una mesa ratona de
cristal preciosa.
Un pequeño candelabro colgaba del techo, parecía antiguo, muy antiguo. Una chimenea blanca de
cemento gigante con troncos calcinados se encontraba también allí. El piso era de madera
barnizada, era tan brilloso que casi podía verme reflejada en él. Cada detalle era de porcelana, como
el jarrón que contenía flores artificiales sobre la mesa ratona y cada estatuilla antigua que reposaba
encima de la chimenea. No me quedaba duda de que mi tía era una aficionada a la decoración.
El ventanal tenía cortinas rojo fuego, como el color de mi cabello. Una alfombra de terciopelo blanco
estaba como presentación en la entrada. No recordaba cómo era antes esta casa. Sólo tenía
recuerdos borrosos desde la última vez que estuve aquí, yo era aún muy pequeña para ese entonces.
Había una escalera de madera muy elegante y cuadros familiares en las paredes colgados con
ostentosa prolijidad. El lugar era espacioso y sumamente tranquilo.
Pensaba que allí tendría paz de una vez por todas.
Fred cerró la puerta y con pasos asegurados fue directo a la cocina, yo fui tras él. La cocina era
mediana, con barra de desayuno y utensilios bastante ordenados. Había platos de café y tazas en
miniatura sobre la barra, preparados para cuando alguien quisiera servirse un té o algo de beber.
Encima de ella, también había una pequeña nota.
Fred la cogió y leyó en voz alta:
Alia espero que te sientas como en tu casa. Lamento mucho no haberte recibido. Me ha surgido un
inconveniente en el camino y tuve que ir a la residencia de los Bartons. Ellos son mis jefes. Charlie se
encargará de explicarte quienes son con más profundidad. En un par de horas estaré contigo y me
contaras cómo ha ido el viaje. Besos.
Pd: Tú, Charlie, haz algo por la humanidad y limpia tu habitación... si eso aún se le puede llamar
habitación.
Ahogué una risa cuando Fred terminó de leer la nota. Él la volvió un bollito y la tiró al cesto de
basura, metiendo una gran anotación.
—Mi madre siempre tan cariñosa conmigo. —dijo en forma sarcástica—Ven, te enseñaré tu
habitación.
—No me has dicho quiénes son los Bartons.
—Mi madre limpia su mugre después de atender la panadería. Siempre la tienen como esclava en
esa casa de porquería, son incluir que le pagan una miseria.—refunfuñó.
No entendía una cosa.
Si mi tía ganaba muy mal en su trabajo y la panadería no brindaba mucho fruto (según mi madre)
¿cómo podría permitirse comprar cosas de mucho valor para decorar su hogar? No me vengan con
que ese candelabro valió solo nueve dólares por que esa sí que no me la creo. Quizás, sólo haya sido
un regalo de algún pariente pero ¿Quién demonios regala un candelabro carísimo? Había cosas que
ya no me cerraban y eso que hacía nada mas veinte minutos que había puesto un pie en aquella
casa.
Seguí a Fred hasta la planta alta. Cuando estábamos a mitad de camino en las escaleras me quedé
asombrada por la ventana angosta que se encontraba en la parte de arriba de la pared de madera.
Pero no fue la ventana lo que me sorprendió, sino, el hermoso atardecer que regalaba su vista.
—Wow.—musité, asombrada.
—Sí, lo sé. Es uno de los paisajes más bellos. —sonreímos contemplando la puesta de sol en el
horizonte amarillento y rosa pálido, las nubes negras habían desaparecido.
Podría quedarme allí parada en las escaleras toda mi vida.
Fred comenzó a subir y yo lo seguí otra vez. Cuando nos sumergimos en un pasillo largo, mi primo se
detuvo y miró el techo. Yo miré en la misma dirección que él y me sonrió con complicidad.
Estaba mirando la puerta del ático.
—Es una broma ¿cierto? —lo miré con expresión horrorizada y él sólo aguardó silencio mirándome
como si mi rostro le causara gracia.
—¡No puedo creer que mi habitación sea un jodido ático! ¿Qué mierda estaban pensando? ¿Qué
aceptaría y ya? —mi cara se puso como un papel y me sentí realmente indignada.
No era posible, de verdad, no era posible. Por un momento miré por el rabillo de mis ojos las
escaleras, porque en cualquier momento iba a salir corriendo.
Fred se echó hacía atrás para agarrar la soga de la puerta del ático y deslizó la escalera hasta que
esta tocó el suelo. Me dio más rabia que no me hablara y no me diera una explicación. Comenzó a
subir las escaleras con mi otra maleta en una mano.
—¿Qué esperas? —soltó impaciente.
Dejé mi maleta en el pasillo y subí. Mis ojos se encontraron con una alfombra de color piel suave y
limpia. Cuando mis pies se posaron por fin en el ático, me quedé helada.
Era el intento de habitación más sofisticado y bonito del mundo, bueno en realidad, era el ático más
bonito que había visto.
Era espacioso y lo suficiente grande como para mí y mis cosas. Caminé unos pasos más, mi primo
caminaba tranquilamente mientras yo observaba con atención cada detalle.
El aroma a vainilla me inundaba las fosas nasales de una manera especial, la luz del atardecer
ingresaba con facilidad por la ventana circular y era espectacular. En un rincón del ático había una
biblioteca tallada de tono caoba llena de libros, un enorme sofá al estilo pallets, un escritorio ancho
con un estuche de madera que contenía crayones y distinto tipos de lápices coloridos. No sé cómo se
habían tomado la molestia en que se ocuparan de mis necesidades (si así se les podía decir). Mi tía
nunca supo que me fascinaba dibujar, yo nunca comentaba que me gustaba esa clase de cosas, sólo
lo sabían mis padres, así que simplemente lo iba a tomar como un precioso detalle de su parte. Mis
pies se arrastraron un poco más hasta llegar hacía la gigantesca cama. Me senté en ella hundiendo
mi plano trasero y miré hacia la pared de madera blanca. Sonreí con melancolía al ver que había
cuadros con mi familia. En un marco había una de Jamie y yo en New York, comiendo un riquísimo
helado de chocolate, recuerdo bien que ese helado se lo estampé contra su cara por sólo llamarme
tonta.
En otra, estaba yo con papá y mamá, ellos me hacían cosquillas en el parque para que yo riera para
la foto. Salí horrible en esa captura, pero no me importó, y en el otro marco estábamos Peter y yo
tumbados en mi cama sonriendo mientras él me daba un beso en la mejilla.
No creí que los echara tanto de menos.
—Pensé que sí los colgaba te sentirías más a gusto aquí. —explicó Fred con los brazos cruzados
observando los cuadros al igual que yo.
—Gracias. —susurré.
Mi visión se elevó hasta el techo y casi me atraganté con mi propia saliva al ver un ventanal por
encima de mi cabeza. Al instante me vino a la mente la imagen de mí acostada mirando las estrellas
y la luna antes de dormirme. Más que un ático parecía el paraíso.
—¿Desdé cuándo tienen el ático así? ¿Lo han hecho por mí? —pregunté con cierta inquietud y
emoción.
Fred se sentó en la cama algo incómodo. Cuando hacia eso, era por que algo andaba mal.
—¿Prometes no decirle a nadie lo que te contaré? —asentí con la cabeza cautelosa y él continuó
—Tus padres ya tenían todo esto pensado antes de que tú iniciaras la pelea con tu compañera de
curso. Es más... tu madre lo tenía planeado en los primeros días de diciembre.
Sentí como mi boca se fue secando lentamente y se volvía áspera, mis manos temblaban y mi nuca
comenzaba a picarme. Me rasqué de manera frenética tratando de que tuviera mis manos ocupadas
y no arrojando cosas como suelo hacer.
—Pero... no lo comprendo. —mi mirada era perdida y confusa.
¡Me sentía perdida y confusa!
—Tú no le gustas a tu familia, Alia. Eres una persona agresiva, mandona. Egoísta y no tienes
humildad. Se hace imposible tomarte cariño.
Las palabras de Fred fueron como una bofetada. La picazón se convirtió en ardor y éste se expandió
por todo el cuerpo. Eso le suele pasar muchísimo a las chicas que sufren de los nervios y yo me
agrego a la lista de esas chicas.
—¡Se supone que son mi familia, deben amarme! —grité histérica y a la misma vez que lo hice los
libros de la biblioteca cayeron al suelo provocando un estruendo suave en la alfombra.
Fred se quedó mirando los libros esparcidos y después de varios segundos volvió su mirada hacía a
mí, sin importarle lo sucedido.
No sospechó que había sido yo.
—¿Qué clase de padres mandarían a su hija a vivir con su tía sin su consentimiento? —elevó las
manos a la altura de sus piernas, exasperado.
Me dolía muchísimo lo que me estaba diciendo, pero me dolía aún más que sea cierto.
—Estoy seguro que estarán festejando tu partida en este preciso momento, Alia. —continuó
diciendo tomando una de mis manos y luego la otra con la cual me rascaba el cuello.
Las apretó y buscó mis ojos. No quería pensar mal de él, pero Fred estaba muy cerca mío, tan cerca
que podía sentir que su aliento chocaba contra mi rostro.
—Tienes que quedarte aquí conmigo —abrí mis ojos como platos y tragué fuertemente— y con tu
tía que te ama. —agregó inmediatamente.
Me había quedado sin habla y mis ojos se sentían cargados de lágrimas rogando que las dejara fluir,
pero ninguna cayó. Tenía que mantener mi postura firme y elevada. Tenía que fingir ser fuerte.
Tendría tiempo para llorar después. Quité mis manos de las de él y me eché un poco hacia atrás
apartándome a una distancia determinada de Fred.
¿Por qué me estaba volviendo tan frágil y sensible? Yo no era así.
—Ellos me mandaron aquí para ayudar a tu madre con la panadería y para que pudiera ganar mis
propios dólares. —traté de sonar convencida pero mi voz me traicionó y se quebró.
—¡Sólo tienes quince años! ¿Cómo pueden mandarte a trabajar con esa edad? —gritó él, haciendo
que me sobresaltara por su agresividad.
Mi primo me estaba causando algo de miedo.
—¡Yo soy consciente de que soy un estorbo en sus vidas! Pero, como todo ser humano tengo
sentimientos y sé que están haciendo todo lo posible para que me calme de una jodida vez y actúe
como una niña decente y educada. ¡Pero pierden su tiempo tratando de transformarme en alguien
que no soy! Y sabes una cosa Fred...— me puse en modo pausa para calmarme, él me observaba con
atención, como si tratara de entenderme. Luego continué— Yo nací así, como me ves —deslicé mis
manos por mi cuerpo sin tocarme y luego llevé mis manos a mi cabeza — y aquí adentro hay un
desorden mental muy grande que me atormenta todos los días, provocándome una actitud mortal y
tenebrosa que dudo que quieras conocer. No exagero, realmente lo juro. —le dije con seguridad y
sin apartar la vista de él para que pudiera procesar lo que le estaba diciendo.
Fred asintió con la cabeza muy deprisa y me abrazó tan fuerte que apenas pude respirar.
—Yo cuidare de ti Alia...— dijo con una voz suave y tranquila que trataba de transmitirme paz, pero
en vez de eso me resultó alarmante.
Me aparté tratando de sonreír adecuadamente mientras él también hacia el mismo gesto.
—¿Me dejas sola un momento? —pregunté con amabilidad.
—Por supuesto. —sus labios viajaron a mi mejilla fugazmente y se fue casi trotando. Su gesto me
alarmó mucho más.
Cuando bajó las escaleras, las deslizó hacia arriba cerrando la entrada del ático. Bien, por fin tenía
tiempo para mi sola. Me acosté en el suelo y miré el techo limpio y libre de telarañas.
El comportamiento de Fred me intimidaba muchísimo. Quizás yo lo mal interpretaba por la falta de
afecto que nunca recibí en forma maternal, pero tenía que mantenerme alejada por lo menos
sentimentalmente y en forma corporal. No lo conocía del todo, sólo lo veía en fechas festivas y casi
nunca dialogábamos. Yo no era una chica sociable, lo admitía y tampoco mantenía vínculos con mis
primos, porque era yo la que no quería.
Me dolió tanto que me haya negado el amor de mi familia. No quería creerle, pero por otra parte
sentía que era verdad, que ellos me eliminaron, así como si nada.
No me sentía independiente a la hora de tomar mis propias decisiones. No me arrepentía en
absoluto cuando ahorqué a Blis, pero si yo hubiera sabido que esas eran las consecuencias...a quien
quiero engañar, por más que hubiera sabido que esto iba a pasar, lo iba a hacer en cualquier
momento si Blis me provocaba otra vez.
Necesitaba a Jamie a mi lado, él tenía la respuesta a todo como siempre, pero no quería molestarlo,
luego tendría tiempo de llamarlo. Me levanté del suelo con fastidio y empecé a vaciar mis maletas.
Cuando por fin terminé de ordenar mi ropa y colocar mis cosas en el escritorio, Fred gritó mi
nombre.
La tía Megumi volvió a casa.
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Hola, soy Florencia Tom, escritora de este libro y quiero agradecerte por quedarte enganchada con este capitulo. No te olvides por favor de darle un corazoncito y compartir esta historia con aquella persona que quiera sentir lo mismo que tú!¿Quieres continuar leyendo esta historia?¡Desliza hacía abajo y continua disfrutando de esta historia!¡No olvides visitar mi perfil y encontrar nuevos libros escritos por mí!¡Beso grande, te quiero!