Han pasado dos días y la Casa de Invitados se ha convertido en una burbuja de aire caliente y secretos. La tormenta exterior es solo un recuerdo, pero la nieve sigue siendo un muro infranqueable. La pareja de fugitivos han establecido una rutina mientras Sofía raciona la leña y busca provisiones en la alacena polvorienta; Julián vigila los alrededores, se encarga del fuego y planea la ruta de escape en un mapa viejo de la propiedad que encontró. Están sentados frente a la chimenea y la luz naranja del fuego es su única fuente de calor e iluminación, proyectando sombras largas y danzantes. —El cementerio está aquí— explica Julián, señalando el mapa con la punta de un carbón —la carretera que tomamos es la trescientos cuarenta y dos (342), si caminamos por el bosque hacia el oeste, en un

