La nieve ha dejado de caer, el paisaje es una extensión inmaculada de blanco y silencio, roto únicamente por la actividad de los bomberos en el ala oeste de la mansión. El fuego fue contenido; los daños son superficiales, pero el mensaje fue claro. Richard y Eleanor Vane están sentados en el vestíbulo principal, que huele a humo, agua estancada y desesperación, la policía se ha ido, convencida de que el incidente es un cortocircuito agravado por el temporal y el aislamiento. La mujer está acunando una taza de café que ya está helado, mirando hacia la escalera donde Sofía la había traicionado. —Se ha ido— susurra Eleanor, no con tristeza, si no con rabia pura —la ingrata ha elegido a ese psicópata —¿qué hice para merecer un par de hojas que fueran tan fáciles de seducir por ese criminal?

