Los peores temores asaltan a Wanda, que siente cómo el aire se escapa de su pecho y sus manos comienzan a temblar con desesperación. La inquietante imagen de su hija perdida la invade, una pérdida que no parece tener un rastro conocido y que hace que su corazón se hunda en la angustia. Las lágrimas se asoman en sus ojos, pero se detienen sin poder caer, mientras un doloroso nudo se forma en su estómago, incapaz de articular siquiera una palabra. En un acto impulsivo, decide cortar la llamada y regresa al salón donde se está llevando a cabo la sesión fotográfica. Con determinación, toma su bolso, sin cambiarse o dar explicaciones sobre lo que está sucediendo para de inmediato, salir corriendo a toda prisa, con su mente llena de preocupación e incertidumbre. —¡Señorita Wanda, no puede irse

