Dicen que hay casas que se construyen...
y otras que esperan.
La mansión al final de la calle Tormenta no siempre estuvo ahí.
O, mejor dicho, nadie recuerda cuándo apareció realmente.
Algunos vecinos aseguran que un día no había nada... y al siguiente, ya estaba:
torcida, silenciosa, observando.
Con sus ventanas como ojos entrecerrados y su puerta principal que nunca parecía del todo cerrada, como si respirara.
Nadie se atrevía a acercarse demasiado.
No por miedo exactamente... sino por esa sensación incómoda de estar siendo esperado.
Porque eso era lo peor:
la casa no asustaba... invitaba.
Y las cosas que invitan sin hablar... suelen saber más de ti de lo que deberían.
Pasaron días. Luego semanas. Luego años.
El pueblo creció alrededor de la casa, pero nunca la tocó realmente. Era como si todos, sin decirlo, hubieran decidido ignorarla.
Hasta que llegaron ellos.
No hubo camiones de mudanza.
No hubo ruido.
No hubo despedidas.
Una mañana, simplemente estaban ahí.
La Familia Umbría.
Nadie vio cómo entraron.
Nadie los escuchó instalarse.
Pero desde ese día, las luces de la casa comenzaron a encenderse... incluso cuando no había electricidad en el resto del barrio.
Las plantas del jardín crecieron... pero no hacia el sol.
Y algunas noches, si alguien se atrevía a mirar desde lejos, podía jurar que la casa... cambiaba.
Un piso más.
Una ventana nueva.
Una sombra que no estaba antes.
Los vecinos comenzaron a notar cosas extrañas.
Un reloj que avanzaba demasiado rápido.
Un niño que decía haber hablado con alguien invisible.
Un susurro en el viento que parecía decir tu nombre... incluso cuando estabas solo.
Pero lo más inquietante no era la casa.
Ni siquiera la familia.
Era la sensación, cada vez más clara, de que todo aquello...
no era un accidente.
Que la casa no había aparecido por casualidad.
Que la familia no había llegado por elección.
Y que, de alguna manera difícil de explicar...
algo los había traído.
Porque algunas casas no esperan habitantes.
Esperan...
a los indicados.