Los ojos de Victoria se abrieron poco a poco. El techo blanco, aquel olor a desinfectante y ese pitido constante a su lado, le hicieron saber exactamente dónde estaba. Victoria se encontraba en una habitación de hospital. Al principio, todo le pareció borroso, pero poco a poco su visión se fue aclarando. Se percató de la intrincada red de tubos y cables conectados a su cuerpo, y la sensación de debilidad la invadió. El recuerdo de lo sucedido en la subasta benéfica y la posterior tragedia la golpearon como un torrente. El dolor físico se mezclaba con el dolor emocional. Intentó recordar los eventos que la llevaron a estar en esa cama, pero la confusión y la debilidad la abrumaban. En ese momento, un rostro amigable la observó. En un principio no supo de quién se trataba, hasta que

