Los siguientes días fueron más tensionantes que nunca. Sentían que cada día que pasara podía ser uno menos para Elizabeth si continuaba viva. Y si, eso también lo habían pensado. La rabia e impotencia cada vez se metían más en el cuerpo de Dante y se levantaba a las cuatro de la mañana todos los días para entrenar hasta que les llamaban a tomar algo de desayuno. Podía sentir cómo su cuerpo comenzaba a cambiar y como su actitud hacia las personas que habían lastimado a Elizabeth se convertía cada vez más en odio. Estaba completamente ofuscado por la situación y podía enfrentarse a esos hombres sin necesidad de tener un arma. No le importaba si le mataban, solamente quería que Elizabeth estuviera bien. — ¿Señor Chiesa? —Le llamó la trabajadora que había entrada aquella vez a su cuarto—

