Ciro y Dante llegaron a la casa donde se encontraban todos esperándolos. Antonio, uno de los socios era el más interesado, puesto que sería el encargado de interrogar al trabajador de Alexander, el cuál según sus fuentes, ya se había enterado de lo que había sucedido y estaba furioso. No podía creer que actuaran tan rápido y, además, comenzaba a tener miedo y cuestionarse si realmente haber hecho lo que había hecho era correcto o solamente un error. — Buenas tardes —sonrió Ciro, viéndolos a todos reunidos en el salón—. Aquí traemos un regalo. — Eso veo — sonrió Antonio mirando directamente al hombre que tenía una bolsa negra en la cabeza. Él se encontraba sollozando y por un momento, sintió pena por él. Pero así no funcionaban las cosas. Él manejaba los negocios en el occidente de

