Estaba secuestrada.
Me sentía con dolor de cabeza. Mareada y con una angustia punzante en mi pecho.
Cuando desperté y abrí mis ojos todo estaba a oscuras. No sé cuánto tiempo había pasado desde que estaba en Aspen, recordaba haber salido a tomar aire cuando fui adormecida y ahora había despertado en medio del bosque, en una especie de rejas en un carruaje, que parecía ser de un reino desconocido.
Mis ojos recorrieron el lugar, efectivamente, estaba en medio de quién sabe que bosque. Estaba anocheciendo. Humo salía de una fogata que iluminaba un pequeño predio libre de árboles. Tres hombres conversaban en voz baja, mientras despellejaban un conejo.
No sabía quiénes eran, no reconocía sus trajes de soldados, ni cuáles eran sus intenciones. Pensé en mis padres, en mi reino, en mi familia. Todo se había esfumado en medio de la nada. Estaba sentada abrazando mis piernas, lamentando mi desgracia y sollozando plegarias.
Uno de los hombres se aproximó a vigilarme. Mis ojos en medio de la oscuridad vieron su rostro, no era el tipo de ojos azules que mi mente recordaba haber visto antes.
― La princesa ha despertado.
Gritó para que los demás lo escuchasen con claridad. No dije nada, no estaba en condiciones para hacerlo. No conocía a los enemigos.
Uno de ellos lo relevó, esta vez sí era el de ojos azules.
― Princesa Leila de Aspen.
Reverenció con voz grave y con sarcasmo en media de la oscuridad.
― ¿Quiénes son ustedes?
Inquirí con súplica.
― Somos los enviados del rey Friedrich para llevarla al reino de Zenel, faltan muchos días de caminos así que debe acostumbrarse a convivir con nosotros, venga vamos a comer.
Abrió las rejillas. Yo bajé tambaleante con la intención de escapar, sin embargo, al ver a mi al rededor en medio de la maleza, no tenía muchas opciones, si corría solo me arriesgaba a ser capturada de nuevo, y si lograba escapar de ellos, allá en la oscuridad del bosque, había peligros más grandes. Así que bajé, asimilando, la información que ese hombre cruel me había dado.
― ¿por qué he sido raptada?
― Lo sabrá al llegar a Zenel.
Otra vez el nombre de ese reino, no lo conocía, la única vez que lo oí mencionar fue cuando Olivia dijo que era un reino enemigo a Aspen. Tenía dudas, me descontrolé movida por ellas.
― ¡Exijo saberlo ahora!
Le espeté a la cara, pareció disgustarse.
― ¡No está en condiciones de exigir nada, aquí quien dicta las órdenes soy yo!
Uno de sus compañeros se puso de pie y le encaró.
― Esas no son formas de hablarle a una dama.
Luego me vio a mí.
― Discúlpelo princesa, él siempre es un animal.
Le creí. Tomé asiento al lado del hombre que me había defendido.
― Nosotros no estamos autorizados para brindarle información, nuestro monarca le resolverá todas sus dudas al llegar a Zenel, su alteza.
A pesar de haberle conocido en tales condiciones, me había tratado bien, no como el hombre que en verdad parecía una bestia airada.
Luego de comer conejo asado y escucharlos hablar de problemas familiares, los otros dos hombres se fueron a recostar bajo los árboles. El de ojos azules se quedó haciendo guardia y ambos nos quedamos en silencio por un largo rato. Hasta que se me ocurrió encararle sobre el pasado, sin saber que eso solo pondría más tensa la situación entre ambos.
― Te reconozco de la escuela real.
Mi confesión llamó su atención.
―Si no mal recuerdo, tú ya eras rey de Zenel, siendo solo un adolescente.
Me vio con furia y sorpresa.
― Borra esos recuerdos de tu cabeza y nunca te atrevas a mencionarlo de nuevo.
― ¿Por qué? ¿Guardas secretos?
No respondió.
― Puedo revelar tu pasado pero me importa más mi presente, así que si quieres que guarde tu secreto, dime…
Dije casi rogando.
― ¿Por qué he sido secuestrada?
― Todo es parte de un plan.
― ¿Qué plan?
― Serás la esposa del rey Friedrich… Por eso ha enviado por ti.