Son cerca de las cinco y media de la mañana, Nathan me besa el cuello y me abraza por la espalda, mientras termino de untarles dulce de leche a los panqueques que dejamos pendientes del día anterior. —No sé cómo vamos a funcionar el día de hoy —menciono entre risas, tras servir los cafés, súper cargados. —Ni yo, pero valió la pena cada minuto contigo —me susurra al oído, para dejarme un beso en la sien y robarme la cuchara, para meterla a su boca y quitar el exceso de dulce de leche en ella—. Esto es tan delicioso como tú —dice, sugerente, pero niego de inmediato. —No me hubiese imaginado jamás, que eras tan apasionado —digo divertida, mientras le doy un bocado a los panqueques. El pitido de la secadora nos da aviso de que mi ropa ya está lista, ya que ando en ropa interior paseá

