—¿Qué haces, Maclovid? —¿Maclovid? —el hombre esbozó una sonrisa y rio a carcajadas—. ¡Eres un imbécil! No existe ningún Maclovid, solo un vil idiota como tú creería en eso. No, Orange, me llamo Clark, Clark Butler, ¿Ahora sabes quien soy? ¿Verdad? Miró sus ojos verdes tan brillantes, tragó fuerte y asintió —¿Dónde? —¿Dónde está Lydia?, ah, ya lo verás, aunque no volverás a ver a Magna, al final te libre de tan terrible suegra, no me des las gracias. —¡Por Dios! ¡Por Dios! —exclamó George, enloquecido —¡Cállate! No me digas que la extrañarás, porque no te creeré nada. George creía que era una broma, una siniestra mentira. —Camina —señaló Clark que siguiera derecho por el pasillo, aquel lugar era una vieja casa enorme, siguieron hasta una puerta corrediza semiabierta, dentro había

