—El mejor plato que he probado fue en Oaxaca, México. —¿México? —dijo Jan. Sus cejas se dispararon hasta la línea del cabello mientras miraba a Alex. Estaban sentados uno frente al otro en el avión privado. Ella tenía el cinturón puesto. Él estaba echado hacia atrás en su asiento, con los brazos estirados sobre el reposacabezas y las largas piernas extendidas a escasos centímetros de las de ella. —¿Qué pasa con México? —Nada —se encogió de hombros—. Solo esperaba que dijeras algún restaurante elegante y exclusivo en Francia donde comiste caracoles con salsa de trufas. —Ah, sí. —Se frotó la barbilla, mirando a lo lejos por la ventanilla del avión—. He estado en ese lugar. A su pesar, Jan se rio. Cuando se conocieron, Jan había pensado que el Príncipe de Córdoba era un derrochador que i

