NARRA MICHAEL HIDALGO Los nervios y el pánico se apoderó de mi. Realmente estaba frustrado y cansado. Tenía días sin comer, sin dormir, sin vivir. Estaba muriendo en vida y seguía sin saber ni un poco de Mía. Mi futura esposa seguía secuestrada. La policía seguía buscando de manera desesperada, pero nadie tenía razón de ella. Nadie la había visto desde días antes de su secuestro. Nadie tenía sospechas. El pánico ponía mi pecho comprimido y cortaba mi respiración. Mis piernas temblaban y mis manos sudaban. Por primera vez, me estaba quebrando. Me venís abajo cada segundo que pasaba y no sabía nada de ella. —¡Calma!—Gritó mi madre al ver mi pierna moverse sin parar y sin llevar un mínimo bocado de comida a mi boca. —¿¡Calma!? ¿¡Calma mamá!?—Grité frustrado.—¡Es mi futura esposa la

