—¿Y qué pasa con el abogado y la esposa? —pregunté. —Les informó que iba a vivir en la villa de una de sus amigas —declaró. Me quedé callado. Valeria nunca había tenido amigas; me había asegurado de eso. —¿Mencionó el nombre de esa amiga? —pregunté. —No, solo dijo “una amiga” —respondió. —¿Su esposa tenía tarjetas de crédito o algún dispositivo electrónico que haya usado? Eso facilitaría el rastreo. —No —respondí. Me miró como si algo no cuadrara. Sí, era extraño que en pleno siglo XXI una mujer adulta no tuviera una cuenta bancaria… pero era perfectamente posible con suficiente manipulación, adoctrinamiento y control. Eso fue lo que le hice a Valeria: hice que su mundo girara alrededor del mío. Hice que respirara el aire que yo exhalaba y que caminara solo por los lugares donde yo

