Cuando llegamos a la residencia, fui el primero en salir del coche. Fui directamente al gabinete de licores y empecé a beber como si quisiera morirme. Fiona y mi padre entraron a la habitación segundos después. Él se acercó a mí y me arrebató la botella. Intenté resistirme, pero me soltó una bofetada tan fuerte que sentí como si me hubieran electrocutado. Fiona apretó la mandíbula, sorprendida, mientras yo me llevaba la mano a la mejilla ardiente. —¿Por qué aceptarías una invitación trampa? ¿Por qué crees que invitarían a una empresa en quiebra a un evento tan elegante? —rugió, gritándonos a los dos. Me di la vuelta para enfrentar a Fiona. —U-un amigo mío nos invitó —respondió ella en voz baja. —¡¿Un amigo?! ¿Ustedes dos son retrasados? —bramó—. ¿Por qué no me consultaron? ¿Por qué no

