—¿Qué están haciendo ustedes dos en mi recaudación de fondos, por cierto? —preguntó Valeria. Ambos guardamos silencio. No había forma de decirle que estábamos allí buscando el apoyo de su futuro marido. No después del infierno por el que la hice pasar, ni de cómo la torturé. La vergüenza era demasiado para soportar. —¿Pasa algo aquí, o alguien les ha arrancado la lengua? —insistió ella. —No es de tu incumbencia lo que estemos haciendo aquí —respondió Fiona. Valeria soltó una risa suave. Tenía una seguridad que jamás había tenido. No era la Valeria a la que solía aplastar, ni la que evitaba mi mirada, ni la que jamás se defendía. Esta era una Valeria nueva, más afilada, más fuerte… y más peligrosa. —Es muy de mi incumbencia. Esta es mi fiesta. ¿O entraron como dos perritos perdidos? —r

