—¿Cómo llegaste a esa conclusión? —¿Qué conclusión? —preguntó, perdido. Tenía la lengua atada y no podía decir nada; me moría de vergüenza. Sin querer, mi mirada se desplazó hacia mi zona pélvica, y él inmediatamente entendió de qué hablaba. Sonrió. Mi cara ardió de vergüenza, y empecé a arrepentirme de haber salido del baño. —Valeria, tuviste un divorcio desagradable hace dos semanas. Es normal tener un arbusto. No había forma de que hubieras tenido tiempo de afeitarte —explicó—. Solo lo asumí, pero ahora… ahora me hiciste empezar a imaginar cosas. Estaba tan avergonzada que simplemente me di la vuelta y regresé al baño, cerrando la puerta detrás de mí sin atreverme a mirarlo. Deseaba que la bañera me tragara entera. Desde afuera me gritó que me apurara. Y cuando escuchó cómo gruñí

