Se detuvo unos segundos antes de empujar mi silla hacia el baño. Planeaba pedirle que me bajara los pantalones, pero sentí que ya la estaba presionando demasiado, así que me contuve. —Quédate junto a la puerta, por si pasa algo —le pedí. Me miró con el rostro lleno de dudas. —No oirás ni olerás nada —añadí con una sonrisa burlona—. El baño está insonorizado y tiene un sistema de ambientador automático. Cerré la puerta, pero su expresión seguía grabada en mi mente. Era la de alguien que quería marcharse, que se arrepentía de haber aceptado aquel trato, aunque no supiera cómo decirlo. Para ser honesto, yo mismo no estaba seguro de estar en mis cabales cuando le prometí ayudarla a vengarse de su exmarido. Éramos dos personas rotas, que habían planeado suicidarse y que, por alguna razón,

