—Cállate y disfruta. Si quieres, puedes correrte en mi pijama —dije. Hubo un silencio… y luego lo escuché reír. Su cuerpo se relajó, respiró hondo y me abrazó. Éramos un conjunto extraño, sí, pero esa locura funcionaba para nosotros. Pude sentir cómo su temperatura comenzaba a normalizarse. Esperé hasta que se quedó dormido; entonces, lentamente, yo también me fui quedando dormida. No sé cuántas horas pasaron, pero cuando abrí los ojos, él estaba muy pálido. Me moví para comprobar cómo estaba. No se movía. Le di un pequeño pellizco, pero no respondió. —¡Damian! ¡Damian! —llamé, sintiendo el pánico apoderarse de mí. Hubo silencio. Parecía muerto. Mi corazón se detuvo. —¡Damian! ¡Damian! —insistí. De pronto abrió los ojos bruscamente, como si saliera de una pesadilla. Exhalé, aliviad

