—Esta será tu última visita con ella en esta casa —dijo mi padre con voz firme—. Mañana la trasladaré a un centro adecuado. Me quedé helado. Creí haber escuchado mal. Teníamos fondos ilimitados para contratar al mejor especialista, y ya habíamos hablado de eso antes. Aparté su mano de mi hombro y entré sin decir palabra. Mamá se iluminó en cuanto me vio; saltó de emoción y me abrazó con fuerza. —¿Julián, ya volviste de la escuela? —preguntó con una sonrisa infantil. Fruncí el ceño y miré a mi padre, que permanecía en el umbral. —Su memoria sigue retrocediendo —explicó con resignación—. A veces recuerda hace once o doce años, otras retrocede aún más. Julian, debemos internarla en un centro especializado. —No —repliqué tajante—. Podemos contratar más especialistas, médicos de primer ni

