Vi en ella una determinación y una fuerza de voluntad que no tenía cuando la traje por primera vez a la casa. No sé qué la hizo cambiar de opinión mientras estaba afuera, pero aquella pequeña separación parecía haberle servido. —Comencemos con las disculpas, el beneficio y el desayuno —ofrecí con tono ligero—, y luego continuaremos. —¿Y cuál es exactamente el beneficio? —preguntó con cautela. —Me gustaría sentir cómo tus labios abollan mis mejillas —respondí con una sonrisa pícara—. Tienen una forma curiosa, ¿sabes? —¡Pervertido! —gritó, indignada. —Gracias por el cumplido —repuse con ironía—. Lo tomaré como tal. —No vas a recibir ningún beneficio de mí. Luego me pedirás que te deje tocarme los pechos. No creas que no me doy cuenta de cómo los miras —replicó, pillándome totalmente de

