Empecé a entrar en pánico. —¿Damián? —grité, esperando que me escuchara. Pero todo estaba en silencio. La ansiedad me envolvía y los pensamientos negativos comenzaron a invadir mi mente. No sabía si avanzar o regresar. Respiré profundamente y traté de calmarme; no había motivo para perder la cabeza, o al menos eso intenté convencerme. Elegí la puerta que daba al hueco de las escaleras. Las escaleras siempre llevan a un nivel inferior… y, con suerte, a una salida. Corrí por los peldaños blancos, uno tras otro. Al principio los contaba, pero me detuve cuando el cansancio me venció. Fue entonces cuando comprendí que había tomado una mala decisión. Había bajado demasiado para volver atrás, así que seguí. El sudor empapaba mi frente, mis piernas temblaban y las lágrimas caían por mis mejil

