Camino hacia la camioneta con la rabia aun bullendo en mis venas. Me grito una y otra vez que debo dejar en nuestra habitación nuestros problemas, que no debo traerlos hacia el exterior ni dejar que esto me domine en plena cacería, pero me cuesta. Me cuesta no sentirme obstinada mientras camino a su lado en silencio, me cuesta no sentirme afectada por la pared de hielo que hay en medio de los dos, que ambos construimos después de la enorme discusión que tuvimos hace un par de horas. Ambos somos orgullosos, los dos aseguramos tener la razón, pero también sabemos cómo echar por tierra las razones que creamos tener. Odio este maldito silencio que nos acompaña. Me desquicia que caminemos al lado del otro sin tener las manos entrelazadas. Y eso que no he sido la más romántica en este últim

