Todo. Todo. Todo. Escucharla me arranca el aire de los pulmones. La palabra no me salva, no me limpia, no arregla nada, pero me hace caer a sus pies. Porque lo dice ella, mi zmeya, mirándome como si necesitara decirme a voz en grito que, a pesar de todo lo que se acaba de destrozar entre nosotros, yo sigo siendo eso. Su todo. Y, joder, lo soy. Como ella es el mío. Me quedo clavado en el lugar, con las manos temblando no sé si por furia o miedo, o por todas las emociones que laten a través de mi sangre. No pienso nada más, estoy congelado. Hasta que siento sus labios sobre los míos. Ariel me besa de golpe, sin aviso y con desesperación. Y yo me dejo hacer porque no puedo resistirme, nunca he podido. Necesito este contacto, aunque sea leña incrementando al fuego. Porque necesito a

