El “camerino” huele a sudor y perfume barato. Cada vez que me muevo para alistarme, me pega con más fuerza. Los dientes me duelen de tanto que los aprieto para no hacer una mueca de desagrado. Por una semana entera estuve oliendo mi propia mierda, así que el perfume de una mujer que se gana la vida con su cuerpo no debería causarme repulsión, pero sí lo hace. Y no por ella, realmente me compadezco de la vida que lleva. Sino por lo que haré al salir de aquí. «No tengo miedo, tengo ansias de venganza». «No tengo miedo, solo quiero acabar con todos ellos». El espejo frente a mí está rajado en una esquina, incluso un poco opaco, pero todavía refleja lo suficiente para que pueda terminar de pintarme los labios en este rojo escarlata que Macarena usa cada noche a petición suya. Recuerdo

