Capítulo 4

4664 Words
Pasos continuos provenientes del pasillo se escucharon. Ella se alarmó. De manera frenética y torpe, comenzó a frotarse el cabello con la toalla para secarselo más rápido. Los pasos fueron acompañados por voces tanto como femeninas, como masculinas. El corazón se le aceleró. Los chicos que vivían en la mansión ya se habían despertado. No iba a salir, de eso estaba segura, se quedaría allí, aislada como un monstruo. Sí, ella tenía que mantenerse lejos de esas personas. Solo Barbara y el señor Petersons podrían verla. Se sentó en el borde de la cama y cerró los ojos tratando de descifrar qué decían esas voces que empezaban a aturdirla. Las voces también eran carcajadas de niños correteando y jugando. Se fue deslizando hacía atrás sobre la cama hasta que su cabeza tuvo contacto con la almohada. Se frustró al darse cuenta de que las voces llegaban de manera débil a sus oídos. El destino le había jugado una mala pasada. De un día para el otro estaba en un lugar totalmente desconocido, un lugar en dónde todo el mundo era amable y solidario. ¿Cuánto tiempo se quedaría allí? Eso no se lo había replanteado hasta el momento. Quizá permanezca hasta que se calmara y no tenga ganas de matar a la primera persona que se le cruzara. Ella no quería volver a Harbor Way, ya no quería saber más nada de esa ... ¿familia? ¿Así se llamaba a un grupo de personas que le había mentido durante tantos años? Esa ya no era su familia. Tenía que buscar una nueva ruta, otra vida. Viviría huyendo si era necesario hacerlo, tenía que olvidar de todos. Estaba demasiado enojada como para marcharse de allí. No preocuparse por nadie, no llorar por nadie, no pensar en nadie. Por un tiempo se quedaría en la mansión para poder ordenar sus ideas y cuando viera que la hora de marcharse llegó, se iría con una sonrisa. Quizá podría ir a Francia o también a Argentina. Era libre, nadie la obligaría a nada. La libertad estaba al alcance de sus manos. "De sus increíbles manos". Escuchó que alguien tocó a la puerta y por poco saltó de la cama. No se animaba a preguntar quién era, así que dejó que los golpes continuaran. Ya se había dado cuenta de que la persona que estaba detrás de la puerta no era Barbara, ella ya hubiera ingresado. —El almuerzo está servido, señorita.—le dijo una voz femenina que desconocía. Luego de haber escuchado el aviso, relajó los hombros. No era más que otra empleada del señor Petersons. Se moría de hambre, quería comer. Pero no estaba lista para salir de su guarida. No por ahora. Salió de la cama y miró por la ventana pero sin asomarse. No quería que nadie la viera desde afuera. Miró sus manos, estaban ásperas a pesar del hermoso baño que se había dado. Las pasó por su cabello húmedo, y comenzó a desenrredarlo con los dedos. Miró nuevamente hacía la ventana. No aceptaría ni por más que le suplicaran que fuera una Bartons. Nunca. No tenía apellido, no tenía una identidad a partir de ahora. Su unico hermano era Jamie, pero desterró esa idea de su cabeza de inmediato con tan sólo pensar que él también sabría que era hija de...esa. Su hermano no era su hermano, sino, su primo. Oh santo cielos que difícil era todo aquello. Se sentó en la silla que estaba junto al escritorio, como si pensar en eso le hubiera provocado una jaqueca inmensa. Y Fred, no era su primo, sino su ¿medio hermano? Otra jaqueca le golpeó la cabeza. Nora, Scott y Christian eran también sus medios hermanos...¡No por el amor de Dios, que horrible era aquello! ¡Christian y ella se habían besado! Sintió nauseas. No, ella sólo tenía a Jamie. Sólo a Jamie. Otra jaqueca le golpeó en la cabeza. Ya había pensado demasiado para aquel día. Ella no era hija de nadie y no tenía hermanos, sólo lo tenía a Jamie y punto...aunque tampoco le sonaba convincente. El ruido de su panza pidiéndole comida la molestó. Pegó su puño contra ella para lograr callar el rugido que le impedía pensar. Bueno, en realidad, ya no tenía ganas de pensar en nada. Ojala tuviera la cabeza en blanco todo el día. Se puso de pie, y se colocó de rodillas contra el suelo para mirar por debajo de la cama, con la esperanza de que hubiera algo para colocarse en sus pies desnudos. La curiosidad se apoderó de su cuerpo cuando encontró varias cajas. Fue sacando una por una y lo que encontró la dejó sin habla. Había zapatillas de diferentes colores de marca Vans, sandalias de verano que tenían un modelo sencillo, botas de invierno de cuero n***o y botas para lluvia blancas. Por el amor de Dios. Si ella se ponía a sacar la cuenta de cuánto había gastado el señor Petersons en la ropa y los diversos zapatos, seguro se volvería loca al descifrar el precio total de todo. ¿Los chicos que vivían también ahí tenían la misma ropa que ella? Quizá sí, ni que fuera la favorita. El señor tenía más dinero que sentido común. Rápidamente se calzó con unas sencillas zapatillas negras y notó que era un talle más grande que el suyo. Pero no importaba, ahora ya no tenía los pies congelados. Continuó revisando la habitación y una caja rectangular que se hallaba en la mesa de noche de madera negra llamó su atención. Se acercó hasta ella y palideció al darse cuenta de que no era una caja cualquiera, sino una que contenía un teléfono móvil. Se sentó en la cama y dejó caer la caja por encima de sus muslos. La abrió y sacó la cosa de color blanco, plano, y táctil. La posó sobre la palma de su mano y eran casi del mismo tamaño. No podía aceptarlo porque ya habían hecho mucho por ella. Todo aquello le resultaba extraño e incomodo. Dejó el Smartphone y la caja sobre la mesa de noche, desanimada.  Eran las once de la noche—según se fijó en el horario del teléfono—y Alia continuaba con hambre. Tenía que salir de aquella habitación en busca de comida. Le resultó extraño que Barbara no había venido a verla. La Néctilea se levantó de la cama y se posó frente a la chimenea encendida que había encendido nuevamente, porque la había apagado ya que la habitación ya estaba lo suficiente acogedora para su gusto. Una lágrima resbaló por su mejilla acalorada. Tenía que ser fuerte, algún día cuando menos se lo esperara saldría adelante y volvería a tener una sonrisa radiante. Una sonrisa que sólo Peter había visto, y rara vez también, Jamie. Los echaba tanto de menos. Pasó uno de sus dedos por debajo de los ojos para apartar las lágrimas que se interponían en su visión y salió de la habitación con sigilo. Su corazón estaba latiendo muy fuerte al escuchar murmullos y risillas al final del pasillo. Risas infantiles. Había una puerta delante de ella y varias más. Todas daban a habitaciones. Las paredes estaban revestida con azulejos azules que brillaban por la luz tenue de las pequeñas lamparas de noche. Miró hacía los dos lados y rápidamente se vio confusa. No sabía por dónde ir. Tomó una bocanada de aire y cerró los ojos para averiguar de dónde provenían los murmullos. Con rapidez, se dio cuenta que venían del extremo izquierdo. Así qué, decidió ir por el lado derecho para que no la vieran. Las penumbras de la noche inundaban la gran mansión. Alia caminó de puntillas de pie por el largo pasillo. Otra vez el pasillo se había dividido en dos tramos ¿cual tomaría? con decisión, tomó el camino izquierdo. Continuó caminando hasta que se encontró con las escaleras. El final de ellas las cubría la oscuridad y le fue imposible ver los escalones. Aferró sus manos al barandal de madera y empezó a descender con cuidado. Cuando sus pies tocaron el último escalón, se sintió aliviada. Necesitaba encontrar la cocina para buscar algo de comida. La mansión daba miedo por la noche y se prometió a si misma que no saldría de la habitación si no era una emergencia. A lo lejos, se veía un mapa colgado en una de las columnas que estaba iluminado por luces led, y apresuró el paso hasta encontrarse frente a él. En el cartel se podía ver un mapa que indicaba la ubicación y los números de la habitación. Hasta estaba dibujado todo con detalles muy creativos. La mansión era mucho más grande de lo que se había imaginado. Hasta había más edificios atrás de la casona. ¿Un jardín de invierno también? Seguro era para los niños más pequeños que vivían allí. Siguió viajando sus ojos por el mapa y trató de memorizarse cada lugar. Para su sorpresa, la mansión tenía dos plantas más y todas eran de habitaciones. Vio que fuera de la misma había un edificio similar a este pero más pequeño. Debajo del dibujo yacía la palabra escuela. No quería sacar la cuenta de cuántos adolescentes vivían allí para que haya una escuela. Tragó saliva con fuerza. No asistiría a esa escuela, pero necesitaba hacerlo para no perder el año y volver a comenzar otra vez. Se lo pensaría luego. El mapa indicaba los baños, las salas recreativas—una especie de jardín de niños también— Y hasta consultorios de primeros auxilios. También, consultorios de psicólogos. Canchas de diversos deportes; cancha de tenis, campo de fútbol, de béisbol, etc. El lugar era el paraíso. Era la casa soñada de cualquiera que la viera. Siguió mirando con más atención hasta que vio en qué dirección quedaba la cocina. No estaba muy lejos de dónde se encontraba. Si seguía por el pasillo que estaba al mismo nivel que la columna y caminaba un poco más, se toparía con ella. —¿Te puedo ayudar en algo? Alia se sobresaltó cuando una voz masculina le retumbó en los oídos. Se volteó sobre sus talones y un joven de cabello castaño la estaba mirando con seriedad y con una vestimenta que delataba que había salido de la cama. Alia volvió a tragar saliva. Negó con la cabeza y se dispuso a seguir con su camino, ignorando la pregunta del joven. —Supongo que eres la nueva. Me llamo Travis. La Néctilea lo miró de arriba a abajo, y aceleró el paso para evitarlo. Pero sintió a Travis, tras ella pisándole los talones. Alia no protestó, ya que sabía que el chico se cansaría de perseguirla y se alejaría dándose por vencido. Como todos hacen. Siguió con su rumbo y se contuvo para no darse la vuelta y golpear al imbécil.  Contente Alia, contente. Continuó caminando y se topó con una inmensa sala que tenía mesas largas de madera oscuras y sillas con respaldos altos. Parecían los muebles de un banquete Real. Habían muchas de ellas y hasta creyó que en algún momento se había transportado al gran comedor de Harry Potter. Se paró en seco para poder mirar la sala que se encontraba a oscuras. —Aquí es donde todos comemos y también es una sala de reunión. Es aún más grande de lo que te imaginas. Le comentó Travis, con un tono de voz que trasmitía confianza. Alia estaba callada. No le apetecía hacer amigos. No por el momento. Al alcance de su ojos, había una puerta con un cartel blanco donde se leía claramente la palabra cocina con letras doradas. Por fin iba a satisfacer a su sagrado estomago. Apresuró el paso hasta quedar parada frente a la puerta e ingresó con lentitud. Se dio un susto de muerte al encontrarse a una mujer de cuerpo robusto y con vestimenta de cocinera que estaba limpiando las encimeras. Alia estaba apunto de cerrar la puerta para salir corriendo de allí antes de que la señora se diera cuenta de su presencia. Pero Travis abrió la puerta de par en par, y la señora los vio. —Hola Cecil ¿Podrías prepararle los famosos enrollados de jamón que vuelve loco a cualquiera? Alia palideció y miró con ojos de gato a la cocinera que le sonrió con exageración. La joven negó con la cabeza, algo asustada. Realmente quería devorarse lo primero que le pusieran delante de su boca, pero no quería permanecer al lado de gente que no conocía. Su respiración empezó hacer algo entrecortada. Debía calmarse antes de que se desmayara. —¿Te encuentras bien?—le preguntó Travis, al notar su descompostura. Alia no pudo soportar estar con personas después de todo lo que le había pasado, porque cada rostro que miraba le hacía recordar a Megumi, a Fred, a Thomas, a Michi ¡A todos! —Perdón...yo...—su voz se quebró y no pudo seguir. Salió disparada de allí y corrió con torpeza hasta su habitación. Por suerte, su memoria no le falló y pudo recordar el camino de donde había provenido. Sus pulmones comenzaban a arder por la falta de oxigeno al subir por las escaleras. Cuando llegó a la habitación se encerró en ella. Pegó su espalda en la puerta y fue descendiendo hasta que sus rodillas tocaron su pecho. Acorraló sus manos en su rostro ya no pudiendo retener las lágrimas que le quemaban los ojos. Lo había perdido todo. Su escuela, a su amigo, había perdido su vida. Y todo por culpa de esos hijos de puta que solía llamar Familia. Había perdido hasta su nombre. De un día para el otro estaba en una mansión multimillonaria, rodeada de gente que ni siquiera la conocía. —¡¿Por qué me hicieron esto?!—gritó desgarrada—¡Si tan solo hubieran tenido los cojones para decírmelo a la cara y darme un cálido abrazo, todo hubiera sido distinto! Arrastró su cuerpo débil hasta quedar frente a la chimenea que le daba un calor reconfortante. Se acostó frente a ella y trató de que el fuego secasen esas lágrimas que salían sin piedad. Lentamente, sus ojos se fueron cerrando. —Cuando esté oscuro...—empezó a cantar una canción de cuna que le cantaba su madre cada vez que tenía pesadilla—Y las pesadillas empiecen a nacer, sólo imagina las cosas que te hacen feliz. Niña que corre en el bosque con un vestido blanco, no pares de correr. Vuela como un ángel...—su voz se fue apagando por un breve sollozo que brotó de lo más profundo de su corazón—siente como tus alas se van abriendo y salta de ese acantilado. En donde la paz reinara... La joven se quedó dormida. Golpes en la puerta la hicieron salirse del sueño. Miró con los ojos entrecerrados a la puerta para ver si no era producto de su imaginación, que le estaba jugando una mala pasada. Pero los golpes continuaron y se despabiló al ver que no estaba soñando. Se levantó con pereza del suelo y fue hasta la puerta. Los golpes pararon y después de que pasaron dos minutos, Alia abrió la puerta con exagerada lentitud. No vio a nadie y eso la alivió. Su mirada viajó hasta el suelo y había una bandeja con dos emparedados de jamón en un pequeño platillo y un zumo de naranja. Agarró los dos extremos de la bandeja de plata y se los devoró apenas cerró la puerta de su habitación. —Gracias, Travis. Al día siguiente Alia se despertó a las diez de la mañana. Largó un bostezo y salió de la cama para ir directo al baño. Se lavó el rostro y cepilló sus dientes para eliminar el horrendo aliento. Agarró el cepillo para el cabello y se lo pasó por sus largos mechones rubios. Miró su reflejo nuevamente. Se veía demacrada desde la noche que había huido y sus ojos se veían siempre cristalinos. ¿Por cuanto más tendría que sufrir? ¿una eternidad? Los días pasaban lentos, muy lentos y eso la ponía triste. Quería ir a ver al psicólogo y hablar para calmarla, pero no se sentía preparada. Quiso sonreír ante el espejo para demostrarle que era fuerte, pero su intento falló. No podía sonreírse por más que lo intentara. ¿Por qué ser falsa consigo misma? No podría mentirse nunca. Esa mañana el frío hizo que se le erizara todo el cuerpo y para eliminar esa sensación se acurrucó con una manta de la cama, contra la chimenea para buscar ese calor que necesitaba. El golpe de la puerta la hizo sobresaltar y se tranquilizó al escuchar la voz de Barbara. —¿Puedo ingresar, Alice?—le preguntó. —Puedes.—le respondió Alia, con una voz ronca. La puerta se abrió despacio y la cabellera rojiza de la mujer fue lo primero en asomarse. —Te he traído el desayuno. Cerró la puerta con un empujón de su pie, ya que sus manos estaban ocupadas por la bandeja que tenía. Rápidamente las fosas nasales de Alia fueron inundadas por el cálido olor del tocino y los huevos fritos. Para su sorpresa había dos vasos de zumo de frutilla y dos platos con la misma comida. Barbara se sentó hábilmente al lado de Alia y colocó la bandeja de plata frente a ellas. —Creí que si desayunábamos juntas no te sentirías tan sola.—le comentó la mujer, mientras tomaba una de las tostadas que estaban a cada extremo de los dos platos y se lo llevó a la boca. Alia la observó con una mirada que era raro de expresar en ella. Con ternura. Le pareció un gesto muy lindo de su parte, pero su presencia era algo extraña. —Gracias por el desayuno.—le agradeció, en un murmuró. —Sé que a los primeros días no querrás salir de la habitación. Eso es entendible, siempre suele pasarle a los recién llegados. Pero, quizá te guste la gente de aquí. Es bonito conocer gente nueva. —Yo conocí gente nueva y no me fue nada bien.—le contestó con rencor, mientras miraba las llamas de la chimenea. —Aquí hay chicos como tú, Alice. Llegaron por el mismo motivo que tú; huir de todo lo que les hacía mal. Alia reflexionó las palabras que le había dicho Barbara. Quizá la mujer tenía razón. —Sí quieres desahogarte y necesitas hablar con alguien, no dudes en decirme. Yo estoy dispuesta a escucharte. Y también tenemos a nuestros psicólogos, si precisas consejos de un profesional. Alia miró a la mujer con curiosidad. Acercó su rostro un poco más al de ella y la mujer frunció el entrecejo al notar su rara cercanía. —¿Tengo algo en la cara?—le preguntó mientras que se pasaba las manos por la cara. —Quiero ver tus ojos. La Néctilea era la primera vez le prestaba tanta atención a su rostro y su ignorancia había sido tan inmensa que notó demasiado tarde que sus ojos eran de un turquesa mucho más fuerte. Barbara empezó a parpadear muy deprisa y apartó su rostro para que Alia la dejara de mirar. Pero la joven no se dio por vencida. Tomó entre sus manos el rostro de Barbara y la obligó a que la mirara. La mujer soltó un gruñido e intentó levantarse, pero la Néctilea se lo impidió. —¿Qué haces?—jadeó Barbara, ante la opresión de la niña que quería verle los ojos. —Sólo mírame y no saldrás herida.—le dijo Alia al intentar abrirle los ojos con sus dedos. —¡No, no puedes! Las palabras de Barbara le dieron a entender a Alia de que algo andaba mal y que la mujer le estaba ocultando algo.Las cosas se habían puesto más intensas al ver que Barbara continuaba resistiéndose. Alia se contuvo para no abofetearla. —¡Abre los malditos ojos!—le gruñó la Néctilea. —¡No! —¿Crees que no sé lo que eres, Barbara?—la amenazó, y la pelirroja paró de resistirse ante las palabras de Alia. Ahora a la Néctilea le resultó más fácil ver los ojos de Barbara, ya que esta había dejado de forcejear. Contuvo el aliento cuando vio las auras alrededor de sus pupilas en el intenso color turquesa, con velocidad se apartó de ella, temiendo lo peor. Barbara era una Néctilea. —No te me acerques.—la amenazó Alia, mientras que la miraba de arriba a abajo, con desprecio. Barbara se levantó lentamente del suelo, con precaución ante la mirada fija de la chica. Ahora la Bartons se sentía amenazada al ver a una mujer que era de su misma r**a de sangre. Ahora todo resultaba más confuso ¿la había traído a la comunidad de Ángeles Caídos sólo para ayudarla o la habían traído con otro propósito? —¿Cómo sabes de los Nectileas?—le preguntó la mujer, tras acercarse un paso hacía Alia, pero ella le lanzó una mirada asesina para que se diera cuenta de que si daba un paso más, la mataría. —Aquí las preguntas las hago yo.—escupió la niña, en posición de atacarla. Un paso más, ¡uno sólo! Y ya la estaría dando por muerta. Barbara soltó una risa de burla y Alia se estremeció por lo desafiante que se había vuelto la mujer de un momento a otro. —Tú no podrías tener poder sobre mí, niña.—le contestó con sorna, y después la miró de pies a cabeza. —¿Tienes tanta confianza en ti misma para decir esa estupidez?—se burló Alia. —Por supuesto.—masculló la mujer, con los brazos en jarra. —¿Qué tan alto es tu ego ahora? Y dicho eso, Alia levantó en el aire a Barbara con brusquedad. La Néctilea procuró que la cabeza de la pelirroja chocara una sola vez contra el techo de la habitación. Cómo respuesta, Barbara gimió del dolor por la fuerte envestida, quedando algo atontada por el golpe. —¿Eso es lo que tienes?—la desafió la mujer algo mareada, y ella también hizo lo mismo con la niña. Elevó su mano y le estrelló la espalda contra la pared. Alia sintió un dolor tan intenso en la columna que se contuvo para no chillar. Sus manos bajaron sin su consentimiento y Barbara cayó al suelo con un golpe sordo. Barbara tomó ventaja y posicionó sus manos delante de Alia, con su cuerpo casi tendido en el suelo. El cuerpo de la rubia reaccionó con otro golpe contra la pared. —Bien, eres Néctilea.—confirmó Alia, con una risa sarcástica para evadir el ardor de la espalda. —No soy Néctilea, soy Nectarfía. —¿Qué eres que? Barbara apartó las manos y se sentó en la cama mientras lanzaba un bufido de agotamiento.Ella dejó de sostener a la chica. —Los Nectarfías pueden mover objetos y cuerpos humanos. Pero al hacer eso pueden causar muchas consecuencias en el estado físico. Sí yo muevo algo sin tocarlo con las manos, mi cuerpo se manifiesta descontándome un año de vida. —¿Cómo es eso?—le preguntó Alia, al sentarse a su lado. Las dos rivales habían finalizado la batalla al ver que no eran tan diferentes. Ella comprendía lo que era ser un monstruo, porque así se identificaba siempre, y no cambiaría de parecer ¡nunca! —Así, como te lo he explicado. Sí yo hago un esfuerzo al utilizar mi habilidad, mi vida se va acortando. —¿Y por qué utilizaste tu don contra mí al saber que en tu vida se descontaría un año? —Porque sé que sí una Néctilea se empeña en asesinar a alguien lo haría sin ninguna duda, y yo no voy a ser asesinada por una de esa raza.—se empecinó a decir Barbara. Se puso pensativa. Miró a la pelirroja y la notó cansada, arruinada y demacrada. Había envejecido de repente. No todo era color de rosa para los que poseían un don, y eso Alia lo sabía perfectamente. —¿De quién has heredado tu sangre Néctarfía?—le preguntó Alia con curiosidad. —De mi madre. —¿De tu madre?—la voz de Alia subió una octava, y Barbara sonrió complacida ante el interés que irradiaba la niña por saber de su pasado. —No somos cómo los Néctileas. Nosotros no saltamos una generación cómo ustedes. Mi sangre es más débil, y sólo tengo un quince por ciento de la sangre de mi madre recorriéndome por el cuerpo en este preciso momento.—jadeó la mujer con dificultad, ya que hablaba como si le faltara el aire al correr una maratón—Ahora gracias a ti, he perdido un año más de vida.—bromeó la mujer, a pesar de esa dura verdad que sus palabras cargaban y que no tenían gracia alguna. —Lo lamento. —Moriré en un año o dos, Alice. Claro, estoy restando el año que acabas de descontarme. Pero no importa.—le comentó la mujer, con aire distraído. La voz de Barbara se fue apagando, y Alia sintió pena por la mujer. En lo más profundo de su ser, se sintió aliviada de ser una Néctilea y no una Nectarfía. Aunque, si fuera una como lo era Barbara, ella ya habría muerto hace años por tanto usar su don en ocasiones innecesarias. —Alice, esto lo sabes tú. Tú sabes solamente que moriré en poco tiempo y nadie debe de enterarse. No quiero que sientan lastima por una pobre mujer que ha sabido desde hace tiempo que su vida era un reloj de arena. A todos nos llega la muerte, pero nadie está preparado, cielo. Yo lo estoy y con eso me siento satisfecha. Barbara besó su frente y le acarició la mejilla. Alia prestó atención a su rostro y este estaba lleno de arrugas para una mujer tan joven como lo era ella. A pesar de ser una mujer que trasmitía paz a la hora de establecer una charla, ella ocultaba su tristeza a través de una sonrisa radiante que los niños seguro amaban ver todos los días. —No me llamo Alice—le confesó mirando a un punto de la habitación—.Mi nombre es Alia. La mujer no pareció sorprendida por su confesión y sólo se dispuso a asentir con la cabeza. —Todos aquí llegan con nuevos nombres, no te preocupes.—la tranquilizó—Así que si quieres que te siga llamando así, no tengo ningún problema. —Me gusta Alice. —Alice o Alia...suena bonito igual. —Dime Alia.—dijo, cambiando rotundamente de opinión. —Muy bien, Alia...Sabes que tendrás que hablar sobre tu pasado tarde o temprano ¿verdad? Lo sabía. Claro que lo sabía. Pero aún no estaba lista, necesitaba tiempo para procesar todo lo que le estaba pasando. Se encontraba aislada de todo y continuaba perdida. Perdida consigo misma. —¿Sabías desde antes que era una Nectilea?—más que una pregunta, sonó como una acusación. —Lo sospechaba. Cuando me atacaste en la camioneta, vi tus ojos tan de cerca que pude ver las auras al rededor de tus pupilas. Pero no estaba segura de si había visto bien. —Por favor, no le digas a nadie que soy un monstruo.—le suplicó en un susurro. Alia tapó su rostro con las manos y tomó sus ultimas fuerzas para no llorar. Ser una Néctilea le había arruinado la vida, pero en varias ocasiones, la había salvado. Thomas la había visto. Había visto su furia en primera fila y eso jamás se lo perdonaría. Era tan estúpida que alejó a la única persona a la cual quería. Ahora él seria feliz con Nora, tendrían una familia y vivirán como una personas normales. Ella no podría brindarle lo que él quería. Toda la felicidad la obtendría con Nora. —No eres un monstruo.—se apresuró a decirle. Pero Alia la ignoró. —Soy un fenómeno. Nadie quiere a una chica que puede matarte si pierde el control. Vivo con furia en mis huesos constantemente. Soy peligrosa e impulsiva. No pienso las cosas dos veces antes de actuar. La policía me debe estar buscando. —Claro que te está buscando, Alia. Porque tu familia... —Yo. No. Tengo. Familia—pronunció con lentitud cada palabra para hacer entender a la mujer antes de que prosiguiera por ese tema—, la policía me debe de estar buscando porque maté a alguien en la noche que me escapé. Barbara miró horrorizada a la chica y abrió la boca para decir algo, pero la cerró. Tragó saliva y la miró con una expresión en su rostro, más seria y a la vez espantada. —¿Puedo saber que...? —No, ya te he dicho demasiado.—dijo con cierta matiz en su voz que le provocó un leve escalofrío a Barbara. —¡Te pueden meter en un reformatorio sí la policía te llega a encontrar, Alia! —Lo sé, no soy estúpida. También ese fue uno de los motivos por el cual me he escapado. No se sentía culpable por haber matado a ese infeliz que intentó manosearla. Ahora ese hombre se encontraba en el infierno, cumpliendo la condena del sufrimiento que iba a durar una triste eternidad. —Puedes quedarte tranquila de que no dire nada. Te doy mi palabra. Alia miró a la mujer, con los párpados fruncidos y con una mirada de satisfacción. —Espero que así sea, porque tú y nadie más que tú sabe perfectamente lo que puede hacer un Néctilea si lo traicionan.—dijo con firmeza, y con un tono de voz que hizo palidecer a Barbara en un abrir y cerrar de ojos. Esa tarde, la pelirroja comprendió que Alia sería capaz de cualquier cosa. ❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀   Hola, soy Florencia Tom, escritora de este libro y quiero agradecerte por quedarte enganchada con este capitulo. No te olvides por favor de darle un corazoncito y compartir esta historia con aquella persona que quiera sentir lo mismo que tú!¿Quieres continuar leyendo esta historia?¡Desliza hacía abajo y continua disfrutando de esta historia!¡No olvides visitar mi perfil y encontrar nuevos libros escritos por mí!¡Beso grande, te quiero!       
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