Capítulo 7: Mentiras

3166 Words
AIDEN Ensimismado en mis pensamientos. Contemplo el sitio donde toma asiento Charlotte, la clase había comenzado hace ya más de media hora y quería convencerme de que ella abriría la puerta principal y tomaría asiento en su lugar habitual. Hace tres días está ausente. A mí lado Josh me codea levemente. Miro a su dirección: — ¿Te encuentras bien?— pregunta en casi un susurro. Asiento levemente volviendo mi vista al frente.  — No te creo. Pongo los ojos en blanco y tomo el lápiz para deslizarlo sobre la hoja cuadriculada, haciendo garabatos sin motivo alguno. La preocupación en mí interior aumentaba, aún no sabía el porqué, me dije a mí mismo de que ella y yo no éramos nada. Nada nos unía y tampoco lo haría en algún futuro, pero su ausencia me mantenía alerta porque ella actúa de forma extraña y temo que algo muy malo está pasando con ella. No podía estar tranquilo por más de que lo intentara. Quien diría que Aiden Brooks estaría preocupado por alguna otra mujer que no fuera su madre alguna vez en la vida. Y por una mujer que no me daba ni la hora. Cuanta ironía. En un principio solo sentía cierta curiosidad y aquella preocupación se abría paso en mi interior, solo esperaba que ningún otro sentimiento saliera a flote o estaría realmente jodido.  — En serio, ¿qué mierda pasa contigo? Y no me vengas con que nada, j***r. Algo te tiene así o quizá alguien— mueve sus cejas de arriba a abajo y solo me limito a negar la cabeza. Escucho un bufido de su parte, no podía decirle lo que sucedía, de seguro se burlaría de mí y eso es lo que menos necesitaba. Confiaba en Josh, era muy cercano a mi, lo considero mi mejor amigo pero habían algunas cosas que era mejor guardarse. — Dije que no pasa nada— suspiro—. Ya deja de molestarme. Me coloco de pie y obtengo la atención de todos mis compañeros de literatura, incluyendo al profesor. Bajo las escalinatas, dispuesto a irme de la clase, era libre de hacerlo, pero luego me atendría a las consecuencias para los exámenes finales. Guardo las cosas en el casillero, saco un paquete de cigarros y comienzo a caminar en dirección al campus. Necesitaba estar solo, durante estos días había pensado seriamente en dejar de formar parte de la fraternidad, en la hermandad estarían muy decepcionados por mí decisión pero aún no estaba muy seguro del todo. Necesitaba más tiempo en soledad y para pensar, quería descansar un poco y qué mejor que hacerlo solo, quizá aquello era un paso para la madurez, ya que me consideraba alguien realmente inmaduro. Mis acciones recientes me hicieron ver quien era, alguien mujeriego, irresponsable, ponerme a pensar en aquello era desconcertante ya que no miraba nunca aquel lado de mí. Los últimos días alejado de las fiestas, el alcohol y el sexo casual me obligaron a autoanalizarme y preguntarme ¿qué diablos estaba haciendo con mi vida? Me adentro a los vestidores del equipo de fútbol americano, para empujar las puertas de la salida de emergencia y ver el campus escaso de universitarios, solo habían unos pocos allí. A unos metros encuentro un lugar para tomar asiento, me encamino hacia el árbol gigantesco del campus y tomo asiento bajo éste. Sitúo el cigarrillo entre mis labios y luego lo enciendo. No era de esas personas que fuman constantemente, uno de vez en cuando y a veces en momentos como este, era el momento perfecto. Tomo mi móvil y lo desbloqueo para encontrar un mensaje de Charlotte. Mis ojos se abrieron y no esperé un segundo más para abrirlo, ha tomado la iniciativa para escribirme. «¿Estás en clase?» Desconcertado ante su pregunta, me fijo cuando me lo había enviado y habían pasado apenas cinco minutos.  «No. ¿Qué pasa contigo?» Espero algunos segundos y mi móvil vuelve a vibrar sobre mí mano derecha.  «Estuve enferma. ¿Por qué no estás en clase?» «No me sentía con ánimos de estar allí, necesitaba estar solo. ¿Ya estás mejor?» No iba a decirle que una de las razones por las que había salido al campus era por ella, definitivamente no lo haría. Era un paso enorme que ella me haya enviado un mensaje de la nada.  Arrojo la colilla del cigarro al suelo. «Si, estoy mejor. Hoy iba a ir, pero me quedé dormida.» Una idea se cruza por mi mente. Es una locura y temía que ella no aceptara, pero no perdería nada con intentarlo. «Paso por ti en diez minutos.» El celular vibra en mis manos pero lo ignoro, de seguro se niega a salir conmigo pero no me doy por vencido con facilidad.  Una vez en mi coche me doy cuenta que estoy sonriendo como un idiota.  Charlotte; la chica deseada y soñada por toda la universidad iba a salir conmigo y estaba seguro que lo haría porque siempre me salgo con la mía. En menos de diez minutos, aparco frente a su casa. Al no verla salir, alrededor de cinco minutos, me atrevo a marcar su número y luego del tercer tono, atiende: — No saldré contigo, Aiden. Vete. Pongo los ojos en blanco.  — Vamos. No vine aquí por nada— intento convencerla. — Tú así lo quisiste. Lo siento pero no puedo salir— susurra. — ¿Por qué no?— pregunto insistente. Ella aclara su garganta y suelta un resoplido. — Mi padrastro está en casa. No me dejará salir tan fácilmente, prefiero que te vayas Aiden. Frunzo el ceño. Él no tenía el derecho de prohibirle salir, según desde mí punto de vista, no veía porque prohibirle salir o qué autoridad ejercía él sobre ella. Desconocía los motivos. — Sal por la ventana— digo mirando la ventana a un costado de su habitación. — Vete, Aiden— suplica. Suspiro resignado, antes de poder aceptar su petición. Escucho un ruido proveniente de la otra línea, entonces escucho una voz masculina: — ¿Qué haces?— se escucha con claridad.  — ¡No! ¡No te atrevas a tocarme!— suplica Charlotte―. Déjame en paz. ¿Qué?  Trago saliva y mis manos sudorosas comienzan a temblar estaba casi seguro que era por ira. De pequeño me costaba controlar la ira, aquello llevó heridas irreparables en mi infancia. Entonces la llamada se corta y me quedo mudo, una parte de mí quería entrar, mientras que la otra parte de mí solo decía que ella está bien.  Entonces veo salir a aquel hombre para alejarse y desaparecer en la curva de la esquina de su casa, mi móvil comienza a vibrar.  Charlotte está llamándome. — ¿Sigues afuera?—pregunta como si nada hubiese pasado. Decido no hablar del tema y luego respondo:— Si, estoy esperándote. Ella corta y guardo el móvil en la guantera del coche. Tiro la cabeza hacia atrás y cierro los ojos, era solo mi imaginación que me estaba jugando una mala pasada, nada ocurre allí. Ella está bien y probablemente no se llevan del todo bien. Escucho la puerta abrirse y abro los ojos para encontrarme a una brillante cabellera rubia recogida en una coleta y un rostro limpio de maquillaje, al natural. Y no era por nada pero se veía más linda de lo normal. Ella me sonríe con los labios apretados. Puedo notar que el golpe que había visto hace unos días atrás había desaparecido. — Hola, bombón— intento sonar como siempre. Normal. Ella pone los ojos en blanco y me veo obligado a reprimir una risa. — Me veré obligada a golpearte como sigas llamándome así. Suelto una risa y ella me golpea con un puñetazo en el hombro. — No luces como alguien enfermo—bromeo. Ella se encoge de hombros. — Dije que ya me encontraba bien.  — Bien. Entiendo, gruñona. Vuelve a poner los ojos en blanco y se remueve en el asiento con incomodidad, me preguntó si sabrá que escuché su conversación con su padrastro.  —¿Estás bien?— pregunto. Ella me mira con sus grandes ojos azules. — Sí. Dije que sí, estoy mejor. Silencio. No era esa pregunta exactamente pero lo dejo pasar. — ¿Para qué querías verme?—pregunta rompiendo el silencio. Solo se puede escuchar el motor del coche y los autos por la autopista. — Hace tres días que no te veo— ella sonríe — Necesitaba molestarte. — Tienes razón, estaba descansando de ti—bromea y me arranca una sonrisa—. ¿Puedo saber a dónde vamos? Al llegar, toma asiento en el sofá abandonado y me observa atentamente, mientras afino la guitarra que tengo en mis manos. Me fijo en el pulover n***o que lleva puesto y examino que le llega a la rodilla, bajo este tenía un jean y unas zapatillas blancas. Hace no mucho tiempo había encontrado esta casa gigantesca y deshabitada. Los muebles abandonados y abarrotados de polvo, me demostraron que la casa había sido abandonada hace varios años atrás. Había comenzado a hacer de ella un lugar para mí, para liberarme de todo lo que me hacía mal y este era un caso como ese. Y aunque para mí sea un pequeño secreto, había decidido mostrarle mi preciado secreto a Charlotte. Necesitaba compartir mi pequeño y sano secreto con alguien más y si alguien hace semanas atrás me hubiese comentado acerca de algo como esto me habría reído en la cara. Porque no me creería tener algún tipo de extraña relación con ella. Ella no aleja su mirada en ningún momento de mí haciéndome sentir expuesto hacia ella. Ella es la primera chica a la que traigo a un lugar como este y la primera chica a la que le voy a cantar, suena ilógico ahora que lo pienso, ya que así pude haber ganado más conquistas y no lo niego, en algunas ocasiones fue así. Pero era diferente, cantaba en la banda y solemos cantar en bares los fines de semana, era escaso el número de chicas en la universidad que sabían que mí tiempo libre se basaba en cantar y componer canciones. Quizá ella era la única chica que lo sabe, y eso de alguna manera me hace sentir libre. Cantarle a alguien más que no sea la soledad en esta casa, sino a alguien más y suena estúpido, hasta ridículo, pero aquello me gustaba. Ni siquiera sabía porque diablos lo estaba haciendo, pero mierda, no puedo resistirlo es como si algo me impulsa a hacerlo y a mí parecer a ella le gustaba, le gustaba como la primera vez que le canté y la acogí en mis brazos. No tenía ni puta idea porque lo hacía, pero tal vez solo lo estaba haciendo por ella, no sabía a donde llevarla y que mejor idea que traerla aquí. Cuando le dije hacia donde íbamos y que iba a cantar una de las canciones que tanto le gustaba a toda chica me pareció que iba a sonreír y ponerse a gritar como una loca, pero claro está, Charlotte no es esa clase de chicas. Solo se limitó a asentir de acuerdo y pude notar por como movía sus piernas de lo ansiosa que se encontraba. Me encuentro mirando sus ojos azules, sus grandes ojos azules, tan cautivadores como los encontré aquella vez que la vi ingresar por primera vez a la universidad. Pero nunca me acerqué a ella, su mal humor alejaba a todo mundo y ahora no comprendo como estoy aquí, junto a ella, a punto de cantarle una canción.  Cuanta ironía. Ella bajo mi mirada se remueve incómoda y decido ponerle fin a su incomodidad y sin quitar mis ojos de ella, comienzo a recitar las primeras oraciones de la canción, sintiendo la pasión de las cuerdas de la guitarra al deslizar mis dedos por ellas: ― Baby, it’s been a long time coming, such a long, long time and I can’t stop running, such a long, long time. Can you hear my heart beating? Can your hear that sound?― ella me observa como la otra noche y aquello me llena de alguna forma porque es justo ese mi propósito―, cause I can’t help thinking and I won’t stop now. (Cariño, ha pasado un largo tiempo, un largo, largo tiempo y no puedo parar de correr. Un largo, largo tiempo, ¿puedes oír mi corazón latiendo? ¿Puedes oír ese sonido? Porque no puedo evitar pensar y no voy a parar ahora). ― And then I looked up at the sun and I could see. Oh, the way that gravity pulls on you and me and then I looked up at the sky and saw the sun, and the way that gravity pushes on everyone, on everyone― ella no deja de mirarme. Sus ojos parecen brillar al oírme cantar y siento que hemos creado un espacio único―. Baby, when your wheels stop turning...and you feel let down, and it seems like troubles have come all around. I can hear your beating, I can hear that sound and I can't help thinking, and I won’t  look now and then I looked up at the sun and I could see. Oh, the way that gravity pulls on you and me and then I looked up at the sky and saw the sun, and the way that gravity pushes on everyone, on everyone. (Y luego miré hacia el sol y pude ver. Oh la manera en que la gravedad tira de ti y de mí y entonces miré hacia el cielo, y la forma en que la gravedad empuja a todo el mundo, a todo el mundo. Cariño, cuando las ruedas dejen de girar y te sientas decepcionada y al parecer los problemas han llegado alrededor, puedo oír tu corazón latiendo, puedo escuchar ese sonido pero no puedo evitar pensar y no voy a mirar ahora. Y luego miré hacia el sol y pude ver. Oh la manera en que la gravedad tira de ti y de mí y entonces miré al cielo, y la forma en que la gravedad empuja a todo el mundo, a todo el mundo). Noto la comisura de sus labios temblar, como si fuese a sonreír pero reprime la sonrisa y también puedo distinguir sus mejillas con un leve rubor, mientras aleja su mirada de mí. Antes de que pueda emitir palabra alguna, soy interrumpido por el timbrar de su móvil. Ella mira la pantalla y sus ojos azules se ensanchan para luego verme a mí y con una risita nerviosa dice:  — No hagas ruido. Por favor. Asiento confundido y me coloco de pie para dejarle privacidad y me dirijo a la habitación de al lado, pero agudizo mí oído para intentar escuchar algo de su conversación. Mi madre me había enseñado que escuchar conversaciones ajenas estaba mal, pero no pude evitarlo. — ¿H- hola?—balbucea—. Si, lo siento. Eh..yo estoy en casa de Elizabeth, estoy en camino a casa. Si, lo sé, adiós. Suspira y entonces decido salir de la pared de atrás, para hacer mi aparición en la habitación que había dejado a Charlotte. Ella me observa apenada y me sonríe, intentando decirme algo, sin embargo guarda silencio. — ¿Todo está bien?— pregunto con la voz temblorosa. Podía asegurar que quien había llamado hace unos segundos atrás era su padrastro, su cambio de ánimo me lo dijo. Cuando se trataba de él, cambiaba de forma radical, parecía estar nerviosa, atemorizada y el brillo de sus ojos se opacaba de una manera sorprendente. — Si—me mira—. Tengo que irme y esa canción es hermosa, es genial lo que haces. Gracias. Ella me observa con ojos tristes y me intriga saber el porqué de su estado de ánimo gracias a su padrastro, parecía temerle. Pero no sabía el motivo. Asiento, sacando las llaves del coche de mi bolsillo trasero. Ella se coloca de pie y aunque me gustaría que ella se quedara más tiempo no quería que la regañaran gracias a mi, entonces no insisto. — No necesitas llevarme, puedo tomar el autobús o esperar un taxi. La miro como si hubiese enloquecido de repente. Dispuesta a seguir su camino en busca de algún autobús o taxi, en el gran descampado en el que se encuentra ubicada la casa abandonada, la tomo por el brazo y ella se gira hacia mí asustada. — No, no dejaré que te pase algo otra vez— murmuro. Ella mira en donde tengo mi mano reposada en su brazo y luego me mira a mí para soltarse bruscamente. — No quiero que vuelvas a tocarme. No me gusta. Frunzo el ceño y me pregunto si habré sido brusco al tomar su brazo de esa manera, pero recuerdo haberla tomado del brazo con suavidad. Quizá haya ido muy lejos. — Lo siento— digo—. Sube. Ella se sube al asiento copiloto y yo dejo la guitarra en la zona trasera del coche, para luego subirme. Me aseguro de que tenga el cinturón puesto, y arranco en dirección a su casa. Intento hablar, pero la tensión es tan elevada que temo hacerlo y hacer que Charlotte me grite. Pero puedo notar, de soslayo, que ella está igual que yo. — ¿Por qué no dijiste que estabas conmigo? Aquella pregunta solo hizo que ella se pusiera tensa en un instante, entonces me arrepiento de haber preguntado aquello. — ¿Estuviste escuchando?_ pone los ojos en blanco y prosigue:— Él no te conoce y no quería decirle que estábamos juntos— se encoge de hombros—. Elizabeth esta noche viaja hacia Australia a ver a su padre y le dije que vendría a despedirme, aunque lo hice anoche. Silencio. — No sé por qué mierda estoy explicándote aquello, no tengo el derecho de hacerlo. — ¡Eh! Calmate, ¿si?— suspiro—. Solo quería saber eso, no debí haber preguntado nada. — Bueno, ya ves, no debiste preguntar y yo no debí abrir la boca— rezonga, molesta. Pongo los ojos en blanco y durante quince minutos en silencio, ella me detiene en la esquina. Antes de llegar a su casa. — Déjame aquí— me ordena. Asiento y aparco el coche a un lado. Ella me observa durante unos segundos— lo que parece una eternidad— y hace un gesto con la cabeza, para luego agradecerme: — Gracias. No logro entender si es por haberla dejado en su casa o por haberla llevado a mi guarida secreta. O quizá por todo, solo me limito a esbozar una sonrisa, pero desafortunadamente no obtengo una de vuelta. Ella se baja sin decirme adiós y a unos metros, se gira para agitar su mano izquierda en mi dirección, entonces vuelvo a sonreír. ¿Por qué las mujeres son tan difíciles de entender?
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