El enojo me invade y aunque sé perfectamente que no debo mostrarme débil ante mi enemigo más grande, me resulta imposible no desarmarme ante lo que estoy escuchando. Lo siento, señora Ana. Te he fallado. Aprendí a fingir estar bien como me dijiste y eso me había servido hasta ahora. Pero mi padre, ese que debía amarme incondicionalmente, sabe como dañarme de todas las maneras posibles y ello me supera— me digo mentalmente. — ¿Qué pasa? ¿El gato te comió la lengua? — pregunta en tono burlón. — ¿Cómo pudiste? ¿Cómo pudiste ser capaz de hacer eso por alguien con quien viviste toda tu infancia y se había convertido en tu esposa? — pregunto herida. — En su momento aprecie su compañía, eso no te lo voy a negar. Ella fue una buena amiga en la infancia, pero no la ame, nunca pude y ella lo sab

