2 ¡Oh, señor todopoderoso Cash!

4025 Words
Los juegos eran una sagrada tradición para los alumnos de Tagus. Se hacían en unos terrenos libres, justo detrás de la línea que dejaba de ser terreno de la universidad, ya sabes, para no romper ninguna regla de conducta, y aquello era como un casino al aire libre. Todo estaba repleto de mesas. Los árboles habían sido decorados con luces de Navidad y la música salía de un puesto de DJ. Había mucha gente. Algunos iban de un lado a otro sosteniendo vasos, botellas y cigarrillos. Otros estaban sentados, jugando a juegos de azar. Mirara a donde mirara, había sonrisas suficientes, ojos astutos y posturas seguras de sí mismas. No había nadie m*l vestido ni nadie que pareciera estar sufriendo una crisis existencial. O sufriendo por nada en absoluto. Solo chicos y chicas antinaturales, sin granitos, sin miserias, sin preocupaciones, sin defectos físicos, como si hubieran sido engendrados por dioses y ángeles calenturientos. No lo sabía aún, pero de ángeles no tenían nada. Na-da. Artie y yo fuimos directamente hacia una mesa donde un chico y una chica charlaban y tomaban algo. Me dije que tenía que poner mi mejor cara para socializar. —Esta es la gente con la que me junto —los presentó Artie, ya frente a ellos. La chica fue la primera en tenderme la mano. —Kiana —se presentó con un apretón firme pero amigable, y agregó—: Me encanta lo que pone en tu camiseta. El estampado de mi camiseta decía: lo que sale de tu boca es lo que eres, siempre fashionista agresiva, nunca infashionista agresiva. Además, me encantaban las camisetas que hacían sentir incómodos a los demás. Pero el estilo de Kiana no se quedaba atrás. Llevaba trenzas vikingas, su piel era de un perfecto color caramelo, y parecía la combinación ideal de persona artística y chica con dinero: tejanos gastados pero fabulosos, suéter tejido que le caía hasta por debajo de las caderas y botas de cordones. En mi ficha mental quedó: «Esta chica podría vender porros y al mismo tiempo liderar un ejército contra un país». La siguiente mano me la ofreció el chico. Lucía un ligero bronceado y, aun así, se le veían muchas pecas repartidas por la nariz, pero su aspecto no era nada simple ni sencillo. Si hubiese necesitado dos palabras para describirlo, habría dicho: «Fabulosamente exagerado». Llevaba puesta una chaqueta azul eléctrico y una pajarita dorada con lentejuelas. Sus tejanos eran casual, pero la manera en la que todo se unía en él resultaba llamativa al igual que sus ojos verdes. Tenía ligeros reflejos en el cabello color miel, y el toque final lo daba la hendidura en su barbilla, sutil pero interesante. —Dashton —se presentó con una voz muy carismática—. Pero mi familia me llama Dash porque suena menos gay. —¿Cómo debo llamarte entonces? —le pregunté. —Dashton —contestó con un guiño. No pude evitar sonreírle. Gente agradable, no iba tan m*l. Kiana empezó a llenar un vaso con el barril que había junto a la mesa. —Vaya, Artie, has tenido suerte este año con tu compañera —comentó mientras esperaba a que el líquido llegara al borde de su vaso—. A mí me ha tocado una chica muy rara que parece tener miedo de que se le hinche la lengua si habla. La invité a venir, y solo me miró, se metió en el baño y comenzó a tirar de la cadena del retrete repetitivamente. Creepy Se giró otra vez y me ofreció el vaso que acababa de llenar. Negué con la cabeza, pero con algo de cortesía. —Es cerveza alemana —aclaró Dash, claramente ofendido, al ver mi gesto. —No me llevo bien con la cerveza —volví a rechazar. No era del todo cierto. Me encantaba la cerveza. No aceptar una era como cometer pecado, pero era el primer día, no los conocía bien, y algo muy importante: el peor enemigo de una persona con secretos es el alcohol. —No está adulterada, si eso es lo que te preocupa —aseguró él, y para demostrármelo le dio un largo trago al vaso. La manzana de su cuello ondeó hasta que se lo pasó todo, y lo confirmó con un eructo y una amplia sonrisa—. ¿Ves? Tan sana como todos los que estamos aquí. Me pregunté si un sorbito sería catastrófico. Podía fingir que estaba bebiendo, ¿no? —Déjala, Jude es diferente —salió Artie al rescate, ya con su vaso lleno—. Para empezar, no sabía quiénes eran los Cash. Kiana y Dash me dedicaron una mirada ceñuda de «imposible». Yo tuve que confirmarlo. Entonces él resopló como si fuese demasiado absurdo. —Pues estará mintiendo —opinó, muy seguro—. No saber quiénes son los Cash es como si no supieras quiénes son las Kardashian o algo así. Has tenido que oír sus nombres alguna vez. Kiana suspiró con fastidio. —Si vamos a empezar a hablar del trío endemoniado, avísenme para beber más rápido. Dash se puso una mano junto a la boca para decir algo como si fuera un secreto. —A Kiana no le gusta el tema —me susurró. —No me gusta cuando se trata de hablar bien de ellos —corrigió ella, poniendo los ojos en blanco. Interesante: a Kiana le caían m*l. —Artie dijo que todos adoran a los hermanos —mencioné, intentando recabar información. Kiana alzó los hombros. —Pues sí, una parte los sigue con fidelidad. —¿Cómo decía ese artículo que sacaron sobre ellos el año pasado? —dijo Dash con cierta burla. Kiana lo enunció con dramatismo, pintando un encabezado en el aire con ambas manos: —Ya basta de hablar de esos engendros, ¿sí? —dijo Kiana con exigencia. Luego puso su atención en mí—: Jude, es momento de que le des un buen trago a tu cerveza, y no te puedes negar porque es la ley estudiantil que todos tenemos que cumplir para pasar la iniciación que me acabo de inventar. Vamos. Tras la presión de sus miradas y el silencio insistente, acepté. Y ese fue el primer error. No. Tal vez fue el GRAN error. —Por la iniciación —repetí justo cuando los cuatro decidimos chocar nuestros vasos. Fue la de iniciación, sí, pero de otra ronda más. Apenas probé la cerveza, mis papilas gustativas gritaron como Minions: «¡Está riquísima!», y exigieron más, y bueno, tuve que darles lo que querían, por lo que una hora después ya me había bebido tres vasos. Parecían pocos, pero fueron suficientes para hacerme sentir el delicioso mareo producido por el alcohol. Si no me emborraché demasiado, fue porque me los bebí y porque fui a vaciar la vejiga más de tres veces... cofcofdetrásdeunárbolcofcof. Para cuando me detuve a pensar en que debía parar, tuve que admitir que me lo estaba pasando bien. No había soltado nada revelador, y Kiana, Dash y Artie eran más agradables de lo que había esperado. Entendían el sarcasmo y no alardeaban de nada que tuvieran. Y no hablaban de los Cash. Estaban igual de medio ebrios que yo, así que nos reíamos a carcajadas, ¡y ni siquiera sabíamos de qué! Me pregunté si podría llevarme bien con ellos justo como lo haría una chica normal. Aunque no sé por qué quise creer que yo era normal. Unos silbidos de apoyo interrumpieron de repente nuestras risas sin sentido. Había pasado una hora. En cuanto echamos un vistazo curioso, unas mesas más allá vimos que Aegan y Adrik habían llegado. Junto a un par de chicos más, estaban a punto de tomar asiento. En esa ocasión no me fijé en ellos, sino en uno de los otros dos. Uno que estaba de pie junto a la silla donde iba a sentarse Aegan y que no parecía tener intención de unirse a lo que sería el juego. Era el tercer hermano, Aleixandre. No me preguntes cómo lo supe, solo lo supe. Tenía la pinta de ser el pequeño: un poco más delgado, con el mismo aire imponente y llamativo de sus hermanos, pero con el cabello perfectamente peinado hacia atrás y una mirada chispeante, juguetona. Su ropa marcaba una diferencia de estilo entre los otros: camiseta color turquesa con lo que yo llamaba pantalón de príncipe, es decir, pantalón caqui (porque, ¿has visto a algún miembro de la realeza o a algún príncipe de las películas de Disney sin pantalón caqui?). Ah, y los zapatos más impecables que había visto en mi vida. Ni terremoto ni calma. Ese chico parecía ser el último nivel: la salvación. Así que ya vistos los tres, pude distinguirlos de esta manera: Aegan: efusividad. Adrik: indiferencia. Aleixandre: diversión. —¿Qué sucede? —pregunté, curiosa. —Seguro que van a jugar a póquer —contestó Dash, mirando hacia la mesa—. Aegan es condenadamente bueno. Cuando juega, no hay oportunidad para nadie. —Pero había dejado de hacerlo —añadió Artie, un poco confundida— porque nadie quería jugar en una mesa en la que estuviera él. —¿Es que no lo sabes? —le resopló Kiana—. Aegan no puede pasar más de una semana sin superar a alguien en algo, le sale urticaria. En total, en la mesa se sentaron siete chicos, incluyendo a Adrik y a Aegan. Uno sacó un mazo de cartas y comenzaron a repartirlas como auténticos profesionales. Mientras, noté que Aleixandre se inclinó para que Aegan le dijera algo al oído. Tras eso, Aleixandre asintió e inesperadamente se alejó de allí en alguna dirección. Hum... Raro. —Vamos a acercarnos a mirar la partida —propuse de pronto, y como todos se me quedaron mirando, añadí—: ¿Se puede? —Bueno, a veces alguien pierde todo el dinero y se oye cuando le hace la llamada a papi. — Dash alzó los hombros—. Es divertido. Las chicas compartieron mirada y aceptaron. Por un momento, Artie dudó, pero terminó por aceptar. Aunque no fuimos los únicos que tuvimos esa idea. Mucha más gente terminó por arremolinarse alrededor de la mesa, y al final la partida se convirtió en un espectáculo público. La luz en aquel sector del enorme terreno no era muy buena, pero aproveché el estar tan cerca de ellos para saciar mi curiosidad sobre los Cash. Encontré rápidamente otras diferencias: La nariz de Adrik era recta. La nariz de Aegan tenía una ligerísima curva. La mirada de Adrik era cautelosa, fría, difícil de descifrar. La mirada de Aegan era chispeante, astuta, burlona. Adrik parecía estudiar los movimientos de los demás. Aegan parecía demasiado seguro de su victoria. Adrik = enigma. Aegan = desafío. Bien, mi cerebro alcoholizado no daba para descripciones más ingeniosas, de modo que terminé por concentrarme en el juego. Miré en silencio, tomando tragos de mi vaso. Los participantes y los espectadores observaban las cartas y luego miraban a Aegan. No le prestaban atención a nadie más, porque ese en realidad era el entretenimiento: ver cómo Aegan hacía perder al resto, lo cual al mismo tiempo hacía que la partida fuera un chiste sin sentido. No había apuestas arriesgadas, porque todos podían perder lo que quisieran. Tampoco había tensión alguna, porque se sabía que Aegan ganaría. Él también estaba seguro de ello. Toda su cara lo decía. Sus ojos entornados sonreían de forma burlona y en ellos brillaba una insoportable suficiencia, la molesta seguridad del éxito. Adrik y él hicieron una apuesta moderada que el resto pudo igualar, y después hubo un poco de acción. Manos. Apuestas más grandes. Billetes. Gestos leves, pero significativos. Silencio. Algún que otro susurro. Hasta que llegó el momento de la confrontación final. Última mano. Última ronda. Última apuesta. Y parecía que todo terminaría normal... Hasta que uno de los jugadores vomitó. De forma inesperada, el chico se inclinó hacia un lado justo cuando tenía que hacer su apuesta y descargó todo lo que había estado bebiendo. ¿Por nerviosismo? ¿Porque había llegado a su límite? Ni idea, pero los que estaban ubicados detrás de él se apartaron lanzando un grito de asco. El muchacho se irguió aún con los labios húmedos por los asquerosos fluidos. Demostró ser consciente de lo que había hecho, miró a ambos lados como si temiera ser reprendido por alguien, y luego se desplomó en el suelo sobre su propio charco de repugnante vómito. Todo el mundo se quedó en silencio. Las miradas alternaron entre el vómito y el cuerpo desplomado. Y luego estallaron en carcajadas, pitos, burlas y choques de vasos y botellas. —¡David está fuera! —vociferó Aegan entre risas, demasiado divertido y relajado en la silla. Su voz era enérgica, confiada, de esas que jamás iban a titubear, perfectamente hecha para la imagen de seguridad que daba—. ¿Alguien quiere tomar su lugar o cerramos con tres? Lanzó la pregunta, de manera general, a todos los que estaban mirando la partida. Aegan esperó con una odiosa pero triunfal sonrisa en el rostro. Los espectadores se hicieron la gran pregunta: «¿Quién se atreverá a tomar el lugar del chico vómito?». Era una buena oportunidad porque la mesa estaba repleta de billetes verdes y grandes que sustituían las fichas. La última apuesta alcanzaba los mil dólares, y los tres jugadores anteriores habían decidido abandonar. Pero también era un enorme riesgo porque ahora solo quedaban Aegan, Adrik y otro chico, que estaba demasiado nervioso como para hablar y que incluso sudaba. La gente se miró las caras. Esperaron a un valiente. Y esa valiente fui yo. ¿Por qué? Pues ¿le puedo echar la culpa al alcohol? Por ahora digamos que tenía la ridícula e irreal sensación de que era poderosa, desafiante, capaz de hacer cualquier cosa, incluso de olvidar mis prioridades, incluso de pasar por encima de mi propia inteligencia y de mis planes. Una sensación peligrosa que, por supuesto, ocasionó una estupidez de mi parte: —Yo —me lancé como voluntaria al mejor estilo de Katniss Everdeen. Todos giraron la cabeza hacia mí al escucharme. Incluso Artie, que me miró con una notable y dramática expresión de asombro estampada en la cara que resaltó sus grandes ojos delineados de n***o. Por un segundo me arrepentí. Por un instante me dije a mí misma que era una pésima y estúpida idea, pero escuché unas risitas provenientes de algún lugar, como si alguien dudara de que lo estuviese diciendo en serio, y eso me dio valor para no retractarme. Aunque en realidad ya no había vuelta atrás. La gente abrió un camino frente a mí para que me sentara en la mesa, así que avancé a paso acompasado, pasé por encima del inconsciente que se llamaba David y me senté en su silla, a la que por suerte no le había caído vomito. Hubo un silencio pesado mientras me acomodaba, un silencio de desconcierto, de duda y de intriga. Sentí el peso de esas miradas en mí. A Kiana, Artie y Dash, perplejos, y a Aegan y a Adrik observándome con mucha curiosidad. Hasta me imaginé con claridad lo que estaban pensando: «¿Quién es esta chica? ¿Cómo se atreve? ¿Está loca?» Tal vez sí estaba loca. Sin embargo, me mantuve firme y erguida en mi lugar. Aegan observó mi camiseta por un segundo como si fuese algo demasiado ordinario. —¿Tienes mil dólares? —me preguntó, relajado pero divertido. Su comisura derecha estaba medio alzada con presunción, como si tras ese rápido vistazo supiera que yo era inferior. —No —admití. Hubo cuchicheos. —¿Y cómo piensas apostar? —me preguntó frunciendo el entrecejo. Pues no lo sabía, pero mantuve la boca cerrada porque a veces el silencio podía ser una estrategia. Aegan soltó una risa tranquila ante la falta de respuesta. —Te lo pondré fácil porque ya has demostrado ser muy valiente al sentarte —dijo como si fuera un acto de caridad—. Puedes apostar un favor, y todos saben que no me gusta hacerlos. Si ganas, te lo deberé, lo cual es algo grande. Si pierdes, por otro lado... Me dedicó una irritante sonrisa que gritaba que estaba muy seguro de que todo saldría como él deseaba. Quise poder borrarla de su rostro, y posiblemente sí podría, ya que en parte me había arriesgado porque en realidad tenía un as escondido en la manga, y él no tenía ni idea de eso..., ni idea... —Está bien —acepté, fingiendo que no me molestaba en absoluto el riesgo—. Apuesto el favor. Oh, iba a joder a Aegan como nunca lo habían jodido, porque Trump le bailaría en tanga a Obama antes de que yo hiciera algo que él quisiera. —Nueva mano —ordenó Aegan Se hizo como él quiso, pese a que era la ronda final y en cualquier otro juego serio no se habrían aceptado cambios ni apuestas tontas. Mientras me entregaban las cartas, sentí que me sudaban las manos. Sí, estaba nerviosa, y era ridículo. Ya había jugado muchísimas veces antes. Mi propia madre me había enseñado. Había ganado las mejores apuestas en la preparatoria, pero el punto era que esa no era la preparatoria. Ahí estaba delante de ese imbécil autoproclamado como Dios Supremo de la élite de Tagus, y el miedo de no ganar como había estado segura de hacerlo unos segundos atrás empezó a aumentar, porque si perdía él me dejaría en ridículo. No podía darle el gusto. Por mi nombre y apellido, no podía. Adrik, Aegan, el otro chico y yo miramos nuestras cartas. Solo les eché un rápido vistazo y las oculté. No hice ningún gesto. Me mantuve seria, imposible de leer. —Vaya... —murmuró Aegan, estudiando las cartas. Por el brillo victorioso en sus ojos, asumí que tenía una buena mano. Eso lo confirmé un momento después cuando hizo lo que me temía: se inclinó hacia delante y dobló la apuesta. Ahora el resto debíamos igualar la cantidad. ¿Cuánto era? ¿Dos mil? El silencio de la gente a nuestro alrededor se volvió denso, observador. —Voy —dijo Adrik sin dudar, doblando la apuesta también. La atención recayó en mí. De reojo vi que Adrik me miraba, aunque no pude descifrar nada en él. Aegan, por otro lado, rebosaba seguridad. Me echó un vistazo pesado, analítico. Sus ojos brillaron con una emoción potente, agresiva, divertida. Aquello estaba convirtiéndose en un auténtico show para él, ¿no? Bien, me removí sobre la silla y esbocé una sonrisa juguetona. —¿Qué más puedo apostar? —pregunté. Sabía que estaba sonando como una tonta, pero esa era la idea. —Sorpréndeme. —Aegan se encogió de hombros. Los muchachos alrededor rieron por lo bajo. Fingí que pensaba. —¿Qué tal... una sorpresa? —fingí también que se me ocurría de repente—. Una gran sorpresa. —No es así como se juega —se burló, y con cuidado aclaró—: Tiene que ser algo valioso. —Es que lo es —aseguré con entusiasmo—. Juro que vale los siete mil dólares. Me aseguré de sonar lo más incitante y misteriosa posible. Parecerá gracioso, pero Aegan se lo pensó. Apostar una sorpresa no era algo permitido en un juego legal, solo que era obvio que ese Cash era ambicioso y no le gustaba lo convencional. Además, él mandaba. Si se le antojaba, podían apostarse ratas muertas. —Bien, vas con la sorpresa —dijo—. Y solo acepto porque esto está resultando ser entretenido. Así que llegó la verdadera confrontación final. Era la hora de mostrar las cartas. Los nervios y las ansias casi se palpaban. Quien tuviera la mejor mano, ganaba todo lo que había en la mesa, y si no era yo, tendría que ingeniármelas. Quién sabía qué pretendía pedirme que hiciera. Primero fue el chico. Dejó la mano al descubierto. Tenía un trío. Tres cartas del mismo valor. Con eso habría ganado si hubiera estado jugando contra estúpidos novatos. Después fue Adrik. Tenía un full. Tres cartas del mismo valor y otro par de cartas de otro mismo valor. Eran buenas cartas, superaban al trío del muchacho, pero ¿superaban a Aegan? Rasqué la tela de mi pantalón por debajo de la mesa, inquieta. Le tocó a él. Durante un momento no dejó de mirarme con esa sonrisa de suficiencia. Hasta me imaginé lo que intentaba decirme: «Lo siento, muñeca, hoy te vas a tener que quitar hasta la piel». Y me preocupaba y enfadaba de solo pensarlo; en serio. Lentamente, Aegan dejó las cartas sobre la mesa y anunció lo que tenía en la mano: —Póquer. Cuatro cartas del mismo valor. Cuanto más alto era el valor de esas cuatro cartas, más alto era el ranking de la mano. Aegan tenía números grandes. Números intimidantes. Sin duda alguna era una mano ganadora, así que los que debían de ser sus amigos empezaron a pitar por su victoria, mientras que el resto comenzó a celebrarla como si ellos también hubieran ganado buenas apuestas. Y entonces yo mostré mis cartas. Y como por arte de magia se hizo el más pasmoso de los silencios. Silencio absoluto. Un silencio que te cagabas. Mi voz fue lo único que se escuchó: —Escalera real de color. Una mano invencible. Un as, un rey, una reina, una jota y un diez. Todos por el culo de Aegan Cash, y sin lubricante. Fue un momento histórico. Años después, si habías estudiado en Tagus y recordabas el estatus de los Cash, reconocerías que fue algo épico: alguien le había ganado a Aegan, y ese alguien había sido una chica que jamás había estado con él y que no sentía más que desprecio por su persona y ganas de humillarlo. Los entornados ojos de Aegan se posaron en las cartas y después en mí. Le sostuve la mirada, conteniendo un estallido de emoción, y entonces aquella sonrisa, aquella insoportable sonrisa de triunfo con la que él me había recibido en la mesa, finalmente se esfumó. Puff. Nada. ¿Qué había sucedido, Aegan? ¿De repente ya no eras el único ganador? Todos lo observaron, boquiabiertos, como si hubiese un fallo en el sistema y no supieran qué hacer ahora. El líder había sido vencido, y eso había tenido que afectarle. Me lo imaginé histérico, listo para gritarme, pero su reacción fue la que cabía esperar de su posición y de su personalidad. Su rostro se ensombreció de inmediato y sus ojos chispearon como si estuviera conteniendo una ira colérica. ¡Sorpresa, Aegan! —canturreé entonces con una gran sonrisa—. ¿Lo ves? Sí que vale más de siete mil dólares verte la cara de imbécil perdedor. No dije más y me levanté de la mesa. Fin del juego. Atravesé la multitud que me miraba con estupefacción, susurraba o trataba de escanear hasta mis zapatos. Me sentí satisfecha porque ni siquiera había planeado aquello y aun así lo último me había salido espontáneo y natural, como la frase de los héroes cuando dan el golpe de gracia a los monstruos en las películas. En cuanto estuve más o menos lejos, Artie llegó de repente y se enganchó a mi brazo. Solo ahí sentí una repentina y nerviosa necesidad de aferrarme a ella sin detenerme. Un escalofrío me erizó la piel y me hizo percibir con incomodidad el frío de esa noche. —Jude, ¿recuerdas que esta mañana me preguntaste qué era lo peor que te podía pasar aquí? — me murmuró. Su voz sonó medio asustada. —Sí... —Pues era esto —susurró con gravedad—. Acabas de firmar la sentencia de muerte de tu vida entera en Tagus. Me reservaré explicaciones. Solo diré que tenía muy claros mis objetivos. Pero que yo misma los comencé a complicar. Porque a partir de ese momento, de ese error, de ese juego, todo el lío comenzó. Así que te lo advierto: en esta historia la cagaré muchas veces. Ve acostumbrándote.
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