Pov Cristian:
Llegué a casa arrojando todo a mi paso como un toro embravecido. Esa mujer… ¡siempre lograba sacar lo peor de mí! Y la muy condenada lo disfrutaba a másno poder. Rosario Santilla amaba sacarme de quicio; podía ver en sus ojos la felicidad que le daba llevarme hasta el límite y quebrarme a su antojo, como si fuera un juguete de trapo.
Odio la idea de tener que atarme a ella en cuerpo y alma, mucho más cuando es así de insoportable, hasta parece una yegua salvaje que no se deja domar por nada ni nadie.
–¿Qué sucede contigo, Cristian?
La voz de mi padre salió del pasillo, autoritaria como siempre, cortando el aire cargado de mi ira.
–¿De verdad me tengo que casar con esa loca? ¡Acaso no hay más mujeres en la faz de la tierra, padre! –grité, cansado hasta los huesos de tener que lidiar con esto… mejor dicho, con ella.
Lo vi acomodar su cabello canoso mientras avanzaba con esa postura impecable que siempre me había intimidado. De niño le tenía miedo cuando se acercaba así, y hasta el día de hoy su presencia provoca que cada músculo de mi cuerpo se tensé como cuerda de guitarra.
–No existe ninguna mujer que ofrezca lo que Rosario Santilla puede darte –dijo, colocando su mano en mi hombro con un peso que parecía aplastarme– Además, es hermosa, sabe defenderse a la perfección… tu vida no correrá peligro con esa fiera cuidando tu espalda. Entiéndelo, Cristian, no habrá otra Rosario en este mundo y deberías de estar más que agradecido de que ella sea tu esposa.
¡Ja! Ojalá y no existiera ni una sola mujer así… ya basta y sobra con ella, que parece haber escapado del mismísimo infierno. Al ver que no respondía, ejerció más presión sobre mi piel, como si quisiera clavar su voluntad en mi cuerpo.
–Cristian, como hijo mayor de esta casa, es tu obligación. Nosotros tenemos una larga y profunda amistad con su familia. ¿Qué más podrías pedir? ¿De qué te quejas cuando te lo tienen tan fácil?
–¿Fácil? –exclamé, retrocediendo hasta sentirme contra la pared– ¿Acaso se te olvida de quién estamos hablando? Ella no está dispuesta a ceder ni un milímetro de su puesto por nada en el mundo. Incluso hablamos de divorcio, de acuerdos prenupciales… Rosario tiene garras afiladas como cuchillas de acero, ¡y las sabe usar muy bien! –declaró, alejándome de su lado con una sacudida que hizo temblar el suelo bajo mis pies.
–No se espera menos de la hija de mis queridos amigos. Lo que tú no ves, hijo mío, es que esto es una ventaja enorme. Ella ha sufrido mucho en su vida… pero si le extiendes tu mano, si la ayudas a sanar esas heridas ocultas, eventualmente podrías ganarte su confianza, su corazón… y todo lo demás que lleva consigo.
Estaba claro que mi padre no estaba dispuesto a soltar una oportunidad como esta. Y aunque me cueste admitirlo, sé que es lo mejor que puedo obtener. Rosario puede ser una niña malcriada, caprichosa y terca, pero la condenada tiene el poder suficiente para poner a todos a sus pies con solo mover un dedo. Por eso, durante años, la han mantenido sumisa… porque le temen en silencio. Pero el día en que ella descubra el verdadero alcance de su fuerza… no quedará nadie con cabeza sobre los hombros.
–Padre… –intenté protestar, pero mi voz se ahogó en mi garganta.
–Dale el gusto en lo que te pide –ordenó con la voz firme como roca, cortándome en seco– Déjala creer que ella tiene las riendas de todo. Todas las mujeres son iguales en el fondo, les gusta sentirse poderosas, pero son sentimentales hasta la médula. Una vez que te ganas su corazón… te ganas absolutamente todo.
–Pero padre…
–Aprovecha que está vulnerable, que eres el único que le puede ofrecer un lugar seguro y verdadero. Esta charla acabó, Cristian.
Salí de la sala con pasos pesados que resonaban como truenos en el suelo de mármol. Odio cuando me trata como si siguiera siendo un niño indefenso, incapaz de hacer nada sin su sombra protegiéndome… o aprisionándome.
Pero no puedo negarlo, esta es mi oportunidad de oro para salir de su sombra por fin, para demostrar que yo también soy capaz de dirigir un imperio.
–¿Otra discusión con tu padre, querido? Ustedes dos no se cansan de llevarse como perros y gatos…
Como si el sermón de mi padre no hubiera sido suficiente, ahora apareció ella. Su voz dulce como miel crujió en mis oídos como un látigo.
–Quiero estar solo. Vete, por favor –la ignoré, intentando pasar de largo, pero su presencia se interpuso entre mí y la salida.
Su mano firme y cálida se posó en mi abdomen, deteniéndome de inmediato como un talón de Aquiles.
–¿Quieres que te ayude a relajar? La última vez logré hacerte dormir toda la noche… con mis manos acariciando tus dolores –su voz se volvió sensual, una serpiente que se desliza por la piel, mientras su caricia bajaba lentamente, haciendo que mi sangre se calentara y mi mente entrara en alerta roja.
–¿Te olvidas dónde estamos? ¡Quieres perder la cabeza, Micaela! –la alejé con firmeza, aunque su tacto seguía quemando mi piel.
–Nadie nos ve… pero si eso te preocupa, puedo pasar por tu habitación más tarde –se inclinó hasta dejar un beso en la comisura de mi labio, un susurro de piel contra piel– Y darte la despedida de soltero que realmente te mereces.
Esto acabará muy mal. Esta mujer disfruta del peligro como si fuera un juego, pero creo que no tiene idea de lo que nos esperará a ambos si mi padre descubre que pasamos siquiera una sola noche juntos. Y menos aún si Micaela insiste en repetir ese desgraciado error del pasado.
Pero ahora tengo problemas más grandes… y ese problema lleva nombre y apellido grabados en letras de fuego: Rosario Santilla. Parece ser una gata salvaje con las garras bien afiladas y dispuestas a arrancarme las entrañas si bajo la guardia aunque sea por un solo instante.
Y sin embargo… la necesito tanto como ella me necesita a mí. Si no queremos hundirnos hasta las profundidades más oscuras, los dos tendremos que remar con todas nuestras fuerzas hacia el mismo rumbo. De lo contrario, inevitablemente padeceremos las consecuencias de nuestra locura.
–Hermano… ¿qué sucede contigo? ¿Discutiste otra vez con papá?
La voz de mi hermano me sacó de mi trance. Me detuve en seco, sintiendo cómo el sudor frío recorría mi espalda.
–Para nada… de hecho, me dio una buena idea para mantener contenta a mi futura esposa –miento con los dientes apretados, tratando de sonar seguro.
–Eso es bueno… y más bueno es que te vayas de esta casa ahora mismo, o que tengas más cuidado con lo que haces. Yo te vi con la mujer del Don… y si él te descubre, ese será tu último día en esta tierra.
¡M*ldición! Sabía que esto acabaría mal, pero nunca imaginé que la catástrofe llegaría tan rápido.
–Voy a salir –dije, tomando mi abrigo con manos temblorosas– Tengo una boda que preparar… y de lo que viste, por favor, no digas nada.
–Está bien… somos hermanos, no te voy a traicionar. Solo… ten cuidado, hermano. Una mujer que se mete con el padre y el hijo al mismo tiempo… nunca deja nada bueno a su paso.
Eso no hacía falta decirlo en voz alta. Esa mujer no era más que una pr*stituta vestida de dama. Pero sin dudas… ¡nunca más pensaba caer en sus trucos seductores!
Ahora solo tenia que pensar en Rosario.. Mi futura esposa Rosario Santilla.