El sonido de sus labios, que se movían a la par, se unió a las respiraciones aceleradas, los suspiros débiles y los latidos frenéticos que les aumentaba el pulso. La lengua de Edward se tornó juguetona dentro de la cavidad bucal de su novia, quien no pudo seguir unida a él debido a la falta de oxígeno. Gina miró lo rojo que se habían tornado los labios del apuesto hombre, cómo el pecho ancho le subía y le bajaba, sus ojos azules estaban dilatados y la manera salvaje en la que su cabellera rubia se había desordenado. Se veía sensual y fiero, tan distinto al Edward caballeroso, reservado y respetuoso que solía ser. —Creo que debo irme ahora… —susurró él, todavía exaltado. Un punzón de decepción le hirió el pecho a su novia, mas ella trató de disimular su disgusto con un asentimiento de

