Pero ahí fuera, en algún lugar de la noche, están los dos hombres que me arrebataron la inocencia y me dieron algo que desconocía. Es una lujuria y un deseo de entregarme, una y otra vez, a la rudeza de los criminales que irrumpieron en mi habitación. Los deseo y los necesito, y solo espero que lleguen pronto. Quizás debería haberme corrido contra el cristal de mi ventanal, iluminado para que todo Nueva York lo viera. Pero me obligo a dar un paso atrás y apagar la luz, envolviéndome en la oscuridad. Lo he dejado claro. Sé que me han visto, lo siento. Los hombres están ahí, acariciándose mientras me observan a través del cristal. Con una sonrisa cómplice, me arreglo un poco el pelo, me meto en la cama y me acuesto. El silencio me aprieta los tímpanos y lo único que oigo son los latidos de

