MATTHEW La casa olía a madera vieja y hogar. No era grande ni ostentosa. Pero tenía historia. Tenía esa sensación de que alguien la había vivido con intensidad, con dolor, con cariño… con amor. Emma cruzó la puerta primero, con ayuda de la enfermera que Evi ya tenía contratada. La vi mirar alrededor con los ojos brillantes, como si nunca pensó que volvería a pisar ese lugar. Me sorprendió cuánto me afectó eso. Lo humano de ese gesto. Lo simple. Lo profundo. Damian estaba pegado a su tía como si tuviera velcro en el corazón. —¡Tía! ¿Te gusta estar de nuevo en casa? —Me encanta, mi amor —respondió Emma, acariciándole el cabello—. Pero más me gusta tenerlos aquí conmigo. —¡Papá! —gritó Damian, dándome un tirón en la mano—. ¡Ven, te voy a enseñar mi cuarto! Lo seguí por el pasillo, son

