MATTHEW La tengo recostada sobre mi pecho, completamente desnuda, con su respiración acariciándome la piel. Su cabello desordenado cae sobre mí como una caricia tibia, y siento que si respiro demasiado fuerte, romperé este instante perfecto. —Eso fue… —susurro con una sonrisa— intenso. Ella se ríe suavemente, baja la cabeza con una timidez deliciosa y su mejilla se sonroja. La observo, maravillado. Dios… ¿cómo puede alguien ser tan jodidamente sexy y al mismo tiempo tan dulce? Me quedo en silencio unos segundos, acariciándole la espalda con la punta de los dedos. Mi mente, como siempre, empieza a analizar todo. Pero por primera vez, siento la necesidad de expresarlo. —Evi… —comienzo, sin apartar los ojos de ella—. Tengo que confesarte algo... No sé cómo explicarlo, pero lo intentaré.

