No me subestimes

1888 Words
POV MATTHEW Ella me reta. En público. En mi sala de juntas. Frente a mi equipo. Y lo hace sin titubear. Como si tuviera derecho. Como si fuera algo más que una cara bonita con apellido prestado. Sostiene mi mirada mientras cuestiona los términos del contrato con una seguridad irritante. Es tan jodidamente parecida a la Evi que recuerdo, pero también tan distinta… ahora lleva traje, postura de CEO y un acento europeo que me crispa los dientes. Pero el veneno bajo su lengua… ese sí es el mismo. —No vamos a aceptar un acuerdo donde BengalSoft obtenga tres veces el beneficio que ofrecimos al inicio. —dice, como si estuviera enseñándome cómo hacer negocios. —Si no pueden sostener una alianza estratégica con estándares serios, tal vez no deberían jugar en la mesa de los adultos. —respondo, con una sonrisa tan fina como un filo de bisturí. Carter me mira con expresión tensa. Liam levanta una ceja. Él sabe que esto se está saliendo de control. —Matt… podríamos revisar esa parte. Tal vez suavizar la cláusula de exclusividad —dice, diplomático. —No. —mi voz es seca. Corta. Casi definitiva. No pienso ceder. Mucho menos frente a ella. No después de seis años tragándome cada maldito recuerdo, cada imagen, cada sonrisa. No después de haber creído que la odiaba solo para verla hoy... y confirmar que sí, sí la odio. Pero también me jode que siga siendo brillante. Y hermosa. Y con esa jodida actitud desafiante que siempre me calentó más de lo que admití. Esa mezcla de furia y atracción me está pudriendo el juicio, y aún así no me callo. —Quizás deberías llamar al verdadero dueño de tu empresa —suelto con un tono seco, directo—. El señor De Jong, ¿no? Tu esposo. Pareja. Sugar daddy. Quien sea. Porque yo no voy a negociar con una marioneta enviada a lucir bien y a repetir lo que le dictan. Silencio. Liam se tensa. Carter lo mira, desconcertado. La sala parece una bomba de tiempo. Evi frunce los labios. No explota. No grita. Se ríe. Una risa baja, peligrosa. —¿En serio? ¿Ese es tu argumento? —dice, cruzando los brazos—. Que soy solo una mujer bien vestida con una voz bonita enviada a cerrar tratos con empresarios calientes y básicos… Suelta una carcajada incrédula. —¿Sabes qué es lo más irónico de todo esto, Matt? —me dice, y escuchar mi nombre de sus labios me provoca una punzada absurda en el pecho—. Que incluso en una sala de juntas llena de ejecutivos, cifras, contratos y análisis de rendimiento, tú sigues creyendo que el poder está en quién alza más la voz. Hace una pausa. Respira hondo y suelta su siguiente frase como un disparo bien apuntado: —Tu propuesta sobre exclusividad no solo es unilateral, es abusiva. ¿Quieres el 80% del volumen de nuestra producción a un precio que apenas cubre los costos de manufactura? ¿Quieres nuestras GPU de sexta generación por lo que le pagarías a una fábrica genérica en Shenzhen? Y luego inflas tu logística con tarifas que triplican el mercado solo porque tu marca pesa. Se inclina ligeramente sobre la mesa, su voz ahora más baja, más firme. —Y lo más cínico es que esperas que yo firme eso con una sonrisa. Como si no supiera exactamente lo que estás haciendo. Como si no entendiera perfectamente bien cómo inflaste la tabla de beneficios y omitiste variables clave en las estimaciones de crecimiento compartido. Yo escribí esas variables, Matt. Las pensé. Las proyecté. Y tú intentas vendérmelas como si fueran tuyas. La tensión sube como espuma. Carter la mira con orgullo silencioso. Liam parpadea varias veces y baja la vista hacia los documentos, como si no supiera en qué bando colocarse. Y yo... yo sé que estoy perdiendo el control. Lo noto en mis nudillos tensos. En la forma en que aprieto la mandíbula. En el calor en la base de mi cuello. Pero me obligo a recuperar el equilibrio. A parecer inmutable. A fingir que no me afecta. Hasta que vuelve a disparar. —¿Y por qué lo haces? Porque tienes una mentalidad machista, patética y retrógrada. Crees que una mujer no puede estar al frente de una empresa sin deberle algo a un hombre. Crees que mi cerebro no vale si viene acompañado de una falda y tacones. Se pone de pie lentamente, mirándome de frente, sin miedo. —Tú no buscas negociar. Buscas controlar. Aplastar. Te incomoda que yo no me doble. Que no parpadee. Que no baje la mirada. Te molesta que la directora ejecutiva sentada frente a ti tenga más innovación en una de sus líneas de código que todo tu equipo junto. Porque tu empresa, Matt, es un nido de hombres grises. Todos cortados con la misma tijera. Y esa uniformidad, esa falta de disrupción, es exactamente lo que va a hacer que tu tecnología quede obsoleta. Carter suelta un resoplido. Liam hace un gesto casi imperceptible con la cabeza. Y yo... yo ardo por dentro. Entre rabia, vergüenza, algo parecido al orgullo... y una maldita atracción que no tiene sentido. Y ahí estamos de nuevo. Frente a frente. Dos fuegos, dos pasados, dos decisiones a punto de estallar. Carter suelta un ruido ahogado. Liam gira la cabeza para disimular su expresión. —¿De verdad crees que una mujer no puede estar al frente de una empresa como esta por mérito propio? ¿Que no puede diseñar, liderar, negociar y ganar sin necesidad de acostarse con nadie? Evi camina lentamente, con la mirada encendida. —Tu empresa está rodeada de hombres. Hombres que asienten a todo lo que dices. Hombres que visten igual, hablan igual, piensan igual. Y eso, Matt, no es poder. Es mediocridad en masa. Pero claro, tú no lo ves. Estás demasiado ocupado humillando mujeres que te intimidan. Me hierve la sangre. Por orgullo. Por rabia. Por lo que sea que me esté haciendo sentir esta mujer con cada palabra. Ella gira sobre sus talones. —Esta reunión ha terminado. Y comienza a caminar hacia la puerta. —Una empresaria de verdad —digo, sin levantar la voz, pero dejando que el veneno se arrastre como humo—, no se va como una niña caprichosa. Se queda. Demuestra su punto. Lo gana. Con hechos, no con berrinches. Ella se detiene. Se gira. Me mira. Sus ojos tienen fuego. Pero no está rota. Está decidida. Y ahí estamos de nuevo. Frente a frente. Dos mundos, dos heridas. Dos fuegos que arden por razones distintas. La tensión podría cortarse con un cuchillo. Liam se queda quieto. Carter ni parpadea. Y yo… yo estoy que ardo. No sé si por furia, por indignación, por el rencor... o porque el deseo maldito está mezclándose con todo lo anterior. Pero lo que sí sé es que no me pienso rendir. No ante ella. POV EVI Regreso a la mesa con la sangre ardiéndome por dentro. El traje me queda como una armadura, y lo necesito, porque quiero gritar. Quiero golpearlo. Quiero preguntarle por qué carajos me mira como si fuera una desconocida cuando fui todo para él en un momento. Pero me mantengo firme. Respiro hondo. Me enderezo. Matt Dearwood. El niño nerd que una vez me abrazó con ternura ahora es un hombre lleno de arrogancia, altanería y frialdad. Y aunque lo sé más inteligente, más calculador, más agudo... no puedo ignorar lo que está haciendo. Me está intentando aplastar. Como todos. Como todos los hombres que han intentado hacerme menos en este mundo empresarial solo por tener senos y no barba. Pero no me dejaré. Me planto frente a él. Sin titubeos. —Muy bien, señor Dearwood —le digo, clara, con el tono de CEO que he perfeccionado—. Quiere hechos. Quiere puntos. Aquí están. Le lanzo sobre la mesa un informe técnico completo, impreso en papel satinado, con cada página encuadernada meticulosamente. En la portada, el nombre del proyecto: "Athena-X: Arquitectura Neural Adaptativa de Sexta Generación". Dentro, gráficos de rendimiento que muestran comparativas entre nuestra GPU y los modelos líderes del mercado. Líneas de código base donde se implementa la arquitectura de flujo neuronal paralelo, exclusiva de De Jong. Detallo cómo nuestra unidad gráfica alcanza una eficiencia energética del 38% superior a la media del sector, con un consumo optimizado de apenas 65W bajo carga máxima. Explico las capas de protección térmica integradas en el diseño físico, los sensores de recalibración de voltaje en tiempo real, y el sistema de disipación modular. Hablo de la arquitectura de 3 nanómetros, fabricada en colaboración con la planta de semiconductores más avanzada de Europa. Cito los benchmarks realizados en condiciones de laboratorio, donde Athena-X duplicó la velocidad de inferencia en entrenamientos de modelos LLMs y superó en 1.6x a la serie 9000 de su competencia directa. También menciono la integración nativa con marcos como TensorFlow, PyTorch y nuestra propia API adaptativa, y cómo eso ha convertido nuestra GPU en el estándar para desarrolladores de IA generativa a nivel mundial. Todo respaldado por resultados, contratos de licencia activa en tres continentes y convenios con cinco universidades tecnológicas. Esto no es un accesorio. Es el futuro de la computación acelerada. Y yo lo construí desde cero. —Esta GPU —le digo, señalando la hoja—. Fue diseñada por mí. Línea por línea. Diagrama por diagrama. Me encerré dos años, sin dormir más de cuatro horas al día, para construir lo que ustedes ahora quieren licenciar como si fuera un accesorio. Yo la diseñé. Yo la hice posible. No necesito, ni necesité, abrir las piernas para manejar una empresa. Levanto la cabeza. Mis ojos lo atraviesan. —Y a diferencia de ti, mi cerebro no está entre mis piernas. Está aquí. —Me señalo la frente. Matt no dice nada por un momento. Sus ojos están encendidos. No se si por furia, por diversión o por el veneno que ambos estamos escupiendo. Entonces sonríe. Con burla. —Acepto tus puntos —dice con una voz grave y cargada de sarcasmo—. Personalmente revisaré la nueva propuesta para que tú la valides mañana... Tigrecito. Tigrecito. Ese apodo. Me congelo. Lo usaba cuando nos escapábamos del instituto y le decía que, aunque era pequeño y frágil, algún día se convertiría en un tigre feroz, inteligente, invencible. Él me decía que nadie lo vería venir. Y yo le decía que por eso era mi tigrecito de bengala. Ahora me lo lanza como un veneno dulce. Una daga. Asiento. No digo nada. No puedo. Mis labios tiemblan. —Disculpen —musito, y salgo con pasos firmes pero apresurados del salón. Entro al baño. Me encierro en un cubículo. Y entonces, el mundo se tambalea. Él me recuerda. Y me odia. Y no lo entiendo. No sé por qué tanto odio. No sé qué le dijeron. Qué le mostraron. Pero lo que sí sé... es que me hizo sentir como nada. Me inclino sobre el lavabo. Las náuseas me sacuden el estómago y termino vomitando. Todo. La rabia. El dolor. El amor muerto. Las ilusiones que nunca se cumplieron. Y cuando termino, me miro al espejo. Y me juro que no volveré a llorar por él. Nunca más. No esta vez.
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