MATTHEW Salgo del restaurante como si me quemara por dentro. No miro atrás. No pienso. Solo camino. Rápido. Con el corazón martillando en mi pecho como si hubiera corrido una maratón. Mis pasos suenan pesados en la acera, pero no más que las palabras que resuenan en mi cabeza. Ese beso. O lo que casi fue. Casi. Y luego... ese imbécil. Perfecto. Rubísimo. Europeo. Con su acento de comercial de perfume y su beso plantado en la boca de Evi como si tuviera algún puto derecho. Aprieto los puños. No estoy celoso. No lo estoy. Solo estoy molesto. Eso es. Enfadado porque perdí el control. Porque me acerqué demasiado. Porque esa maldita mujer —esa misma que me borró, que me dejó hecho polvo durante años— aún tiene ese poder sobre mí. Porque sus ojos siguen siendo iguales. Porque su boca se

