MATTHEW Damian lloraba con el rostro escondido en sus propios brazos, encorvado, como si el mundo le pesara entero sobre los hombros. Lo miré, sintiendo una punzada en el pecho. No podía dejarlo así. Me agaché, y con voz baja, serena, le dije: —Damian, hijo... No quiero que llores. Voy a demostrarte que esa mujer estaba mintiendo. No tienes por qué creerle. Damian alzó la mirada, sus ojitos húmedos reflejaban un orgullo herido, pero también un destello de esperanza. No dijo nada, pero cuando extendí los brazos, se dejó cargar. Se aferró a mi cuello con fuerza, como si no quisiera soltarme nunca más. Mientras regresábamos a la entrada de la empresa, su cabecita se apoyaba en mi hombro. Cada paso me pesaba como si cargara con todos los errores del pasado. Pero también con una promesa de

