Las cosas comenzaron a modificar, otra vez. No sé cómo ni en qué momento, pero Eliot había adquirido como costumbre quedarse en mi habitación… De acuerdo, tampoco era como si yo no quisiese que él se quedase. El pretexto de que la cama era más cómoda o que la televisión se veía más nítida, fueron solo meras excusas para que empezásemos a compartir el cuarto, bueno, algo así. Pese a ese enorme detalle (el dormir juntos), nunca ocurrió nada más que algunas caricias subidas de tono acompañadas de besos húmedos y sugerentes. Era como si ambos nos estuviésemos conteniendo de dar ese siguiente paso y, por el momento, eso era bueno. (…) Llevaba, quizás, unos cinco minutos mirando el rostro dormido de Eliot —desde que desperté— y no, no podía quitar la mirada de su semblante. Escruté cada cent

