—¿Te arrepentiste?— Rebecca lo recibe con una sonrisa burlona en su rostro. —¿Ya te diste cuenta que es muy difícil tratar con la personalidad de Erick y ahora ya no querés más su independencia?— Se carajea relamiendo sus labios. Todavía no estaba enterada de que su hijo sabía perfectamente del cheque que ella había escrito por puño y letra para Lola y su familia. Y como había pasado tan poco tiempo entre el lapso en el que ella había mandado a su chofer con aquella tarea, y en la que su hijo se retiró de la casa y volvió, que nunca se pudo llegar a imaginar que Eros aparecería golpeando su escritorio con los puños cerrados y marcando sus nudillos en la madera. —¿Quién carajos te crees que sos, Rebecca?— Sisea completamente frustrado y perdido en el enojo que tiene para sus adentros. —¿

