El llanto que intento retener me ahoga. Me cuesta el corazón separarme de mi arabillo. Me mata el desespero de tener que quedarme aquí, en un privado de espera mientras él entra al quirófano. En verdad, no hay palabra que defina lo que estoy sintiendo. A sus espaldas un hombre se aproxima, y de forma instintiva avanzo hacia mi marido. El sujeto me mira con cautela y cuando queda al lado de Rashid me extiende la mano. —Soy el neurocirujano que intervendrá a su esposo: Doctor Valente Alves —estrecho el saludo—. Mi equipo médico se encargará de comenzar los últimos análisis con urgencia y luego, procederemos a la operación. Me limpio las lágrimas y omito presentarme. Solamente entre súplicas le pido que lo salve. Como su mujer y la madre de su hijo, necesito que le salve la vida y

