—Tranquilo, Rashid, estábamos manteniendo una conversación, simplemente —Teo levanta la mano y la balancea en son de transmitirle calma. —No me importa —sus dedos se hunden en mi hombro. Está claro que en vez de tranquilidad, Baptista está consiguiendo lo contrario—. No quiero que le hables. No quiero ni que le respires cerca. —Fue suficiente —me muevo y Rashid quita su mano de mi hombro—. Teo le voy a pedir que se vaya de nuestra casa. Él pestañea sorprendido. —Eso no va a poder ser, Nicci. Sabes que es necesario continuar las sesiones. No tienes el permiso médico para rechazar una sesión de terapia que fue estrictamente establecida. Me adelanto un par de pasos y respiro profundo. Mis latidos pegan con fuerza en mi pecho, mi garganta está seca y mis manos no paran de sudar pero

