—¡Mami, mami, mami, mami! —es Ismaíl. Ismaíl me está brincando encima—. ¡Mami, pepierta, mami! Medio dormida y sin abrir los ojos le sonrío mientras que con las manos voy buscando sus piernecitas. Quiere que me levante. De seguro ya es tarde. Y mi alarma personal me lo está reclamando. —¿Quién... Está calbagando a su pobre mamá? —con mi ronquera, propia de cada mañana suelto una risita—. ¡Ajá! —giro en la cama y él rueda como una pelota, cayendo a mi lado en el colchón—. ¡Eras tú! Se ríe emocionado, se sienta y aplaude. —Mamo —agarra mi mano y tira de ella, haciendo que enarque una ceja—. Mamo, mamá. Mamo, apera. Ja, pero veánlo nomas; despertándome porque se quiere ir a jugar afuera. —Yo creo que... —estiro la sábana, lo tapo y lo aprieto contra mi pecho— Deberíamos quedar

