El dolor que estoy sintiendo supera el límite de lo racionalmente posible. No lo puedo describir, no lo puedo exteriorizar, sólo sé que me envenena por dentro, desde lo más profundo de mis entrañas. —¡Rashid, cuelga ese maldito teléfono! Me limpio las lágrimas y permanezco quietecita, escondida detras de una columna, asomando la cabeza como una espía mientras trato de asimilar lo que escuché. No puedo hacerlo. Simplemente no puedo. Estoy como bloqueada. Atorada en su última frase que se repite en mi mente con el único propósito de causarme más sufrimiento. —¿Qué mierda quieres? —mi arabillo está furioso, aún dentro de mis lágrimas veo cómo Kerem corre hacia él y le quita el celular de la mano—. ¡Qué carajo haces persiguiéndome! ¡Deberías estar vigilando a Nicci! —¡Estás cometiendo

