No llores, Nicci. No vayas a llorar. Revuelvo el botiquín como loca, como desesperada buscando lo que me pidió. Una lágrima me quema el cachete y sobo por la nariz. Mis dedos temblorosos encuentran el blíster. Corriendo salgo del cuarto y bajo la escalera. Voy hasta la cocina pero Rashid ya no está aquí. —¡Rashid! ¡Rashid! —grito. En el primer sitio que atino a buscarlo es en la biblioteca, lo más cercano después de la sala. La puerta del despacho se encuentra abierta y con prisa entro. La tensión se escapa de mi cuerpo con un suspiro, cuando recargado en el filo del escritorio está él, observándome con calma y tranquilidad, como si no hubiera estado retorciéndose de dolor momentos atrás. Demasiado confundida y trastocada con lo que está pasando, me acerco. —Acá están las a

