—Hey —me dice Alisa en voz baja.
—Hey, ¿qué pasa? —le susurro sin apartar la vista del frente.
—Tengo que contarte algo.
—¿Qué pasó ahora? —digo con cierta impaciencia. Ella hace una pausa.
—¿No viste las noticias?
—Sabes que no veo eso. Las noticias solo muestran tragedias y cosas que prefiero no saber.
—Pues hoy debiste verlas… pero igual te lo cuento después, en el receso. No quiero que nos saquen del aula otra vez.
¿Ahora me deja con la intriga? ¡Genial! El resto de la clase es un suplicio. No puedo concentrarme. Estoy dividida entre el sueño, la ansiedad y la curiosidad.
Tres horas después…
La clase por fin termina. Apenas suena el timbre, agarro a Alisa del brazo como si fuera la última persona cuerda en este mundo.
Vamos a la cafetería, donde ella compra el almuerzo. Nos sentamos en las gradas, un poco apartadas del bullicio.
—Y bien, ¿qué me tenías que contar?
Ella respira hondo antes de empezar.
—Verás… por el edificio donde tú vives ocurrió un asesinato.
Me congelo.
—¿Qué? ¿Qué estás diciendo?
—Mataron a una familia entera: dos mujeres, tres hombres. Nadie sobrevivió. Fue… brutal. Y no dejaron ni una sola huella. Nada. Es como si el asesino se desvaneciera en el aire.
No puedo hablar. Me siento helada, como si toda la sangre se me hubiera ido a los pies. ¿Cómo no supe nada? ¿Cómo no escuché gritos, sirenas, algo?
Alisa sigue hablando, bajando la voz.
—Te lo digo para que tengas cuidado, Ann. No salgas sola. Anda con tu hermano o con alguien que conozcas bien. Están investigando, pero nadie sabe nada.
Trago saliva. El estómago me da vueltas. Pero ella no ha terminado…
—Lo más extraño… es que ya hay un sospechoso.
—¿Quién?
—Alguien de aquí… de la universidad.